Por Ricardo M. López Bella

Una mañana de primavera del año 1986 fui consciente de que tenía los días contados como miembro de la sociedad civil. En el mes de julio, durante la primera semana, debía incorporarme a filas o, como decía mi hermano, pasaría a ser funcionario interino del Ministerio de Defensa, más concretamente en la Infantería de Marina.

Nunca me ha preocupado lo desconocido, razón por la cual hasta entonces no había pensado en prepararme para tal cambio de costumbres. Sin embargo, la idea de tener algún tipo de entretenimiento durante el tiempo libre, fuera mucho o poco, hizo que me planteara la oportunidad de procurarme algunos libros.

La primorosa tarde de ese mismo día, me encaminé hacia la calle Llibretería, cuyo trazado une las plazas de L’Àngel y Sant Jaume. Había decidido visitar la librería de viejo que allí tenía su sede. El local, reducidísimo, estaba óptimamente aprovechado y sus estanterías, atestadas, se elevaban hasta el techo. Su olor característico era el del papel envejecido, pero no debilitado, de los libros concebidos como bienes perdurables y no como mera mercancía.

De lo que allí había expuesto, me tentó bastante una obra en cinco volúmenes de un tal Arthur Koestler, pues según rezaba la reseña de la contraportada (ese entrañable subgénero del relato breve), se trataba de un intelectual de largo recorrido ideológico y vital.

La edición, de bolsillo, era de Alianza Editorial. Su precio subía a unas dos mil pesetas, cantidad desalentadora dada mi exigua economía, aunque no por eso inasequible.

Finalmente opté, espíritu práctico y por lo mismo a veces estúpido, por una Biblia, encuadernada en tapas rojas y con un estuche del mismo color, no mayor de un palmo y tasada en quinientas pesetas. Sopesé precio, cantidad de lectura y portabilidad. Añádase algo de esnobismo pensando en mis futuros compañeros. He aquí el petimetre que era yo a los dieciocho años.

En el cuartel de mi primer destino, en Cartagena, conseguí, efectivamente, ser tratado con respeto y aun admiración por unos y en otros provoqué, cuanto menos, extrañeza: ¿un tipo que fuma porros, se emborracha adecuadamente y cuando es preceptivo y lee la Biblia cada noche antes de que apaguen las luces…?

Para acabar de coronar mi ambivalente fama, me acompañaba de otro libro, este de la colección de novela erótica “La sonrisa vertical”, su título Venus en India de Richard Devereaux, que hojeado por algún curioso, despertó la idea de poderse ayudar en la redacción de cartas a su novia. Poco después pasó la voz, quizás a preguntas de alguien al que había requerido la opinión sobre lo escrito, ya fuera por inspiración o copia, y fueron unos cuantos los que me pidieron en préstamo la novela, excelente por cierto. En la contracubierta quedaron marcados trazos ininteligibles, por solaparse, de los que utilizaron el libro como apoyatura, censurabilísima costumbre, aunque siempre he pensado que contribuí, junto al autor y separados en el tiempo, a mantener desde la distancia las relaciones sentimentales de algunos de mis compañeros.

Acabé mi servicio militar habiendo acumulado otras lecturas, desde El pabellón número 6 de Antón Chéjov a La guerra civil española de Hugo Thomas, pasando por las Tragedias completas de Esquilo y la admiración, nuevamente, de un sargento durante una guardia.

El ejemplar de la Biblia ha sido sistemática e inconscientemente arrinconado en los sucesivos cambios de domicilio experimentados desde entonces.

Venus en India fue prestado por última vez a una compañera de trabajo como apoyo logístico de un galanteo no correspondido. Uno y otra desaparecieron de mi vida, aunque repuse la novela hace pocos años.

También desapareció la librería a la que sucedió una bisutería, reconvertida a su vez en tienda de complementos: bolsos, fulares y demás productos superfluos.

Sin embargo, el primero en desaparecer fue Arthur Koestler. Lo hizo en una primavera, la de 1983, acompañado de su esposa, coñac para él, güisqui para ella y muchos barbitúricos compartidos.

Por mi parte, seguí buscando los cinco volúmenes de sus memorias. Encontré y leí el primero Flecha en el azul. Lo perdí en una mudanza. Conservo El destierro y La escritura invisible, penúltimo y último, como si fueran las joyas de la familia.
Me niego a adquirir por cara, aunque no inasequible para mí a día de hoy, y poco manejable, la reedición de mochila que lanzó “Alianza” en el año 2000. He aquí el petimetre que sigo siendo veinticuatro años después.