Antonio Morales Guzmán nació el 18 de febrero de 1903 en Málaga. En 1932 partició en el asalto a Juan Pérez de Seoane, ex-conde de Riudoms, cuando partió éste al exilio y se dirigía en su coche a la frontera francesa. Fue compinche de Morales, entre otros, Felipe Sandoval. Para conocer los detalles de este robo y sus consecuencias posteriores lean el libro El honor de las injurias, donde se da noticia detallada de todo el suceso y se incluyen fotografías de Morales.

Durante la guerra creó en Málaga la Confederación Española de Federaciones Anarquistas y editó el quincenario Cefa y la revista Nervio (“portavoz de la 147 Brigada”). Anteriormente había colaborado en Solidaridad Obrera y Tierra y Libertad. El 24 de agosto de 1941 fue deportado al campo de concentración de Mauthausen, donde le liberaron el 5 de mayo de 1945. Fue miembro del departamento de propaganda de la Cnt en el exilio. Escribió artículos en las publicaciones Esfuerzo, Faro, Tierra y Libertad (México), Libertad y Accão Directa.

Transcribo, gracias a la generosidad del Marqués, el editorial del número 7 del 15 de enero de 1937 del quincenario Cefa. En ese número se incluyen dos artículos del anarquista francés Gastón Leval y un artículo titulado “La prostitución”, escrito por Salvador Galea Torres (Columna CEFA, 1ª Centuria). Entre las víctimas de Mauthausen hay un malagueño nacido en 1908 llamado Salvador Galea, cuyo segundo apellido es López, deportado en 1941 desde el Stalag XVII-B, y asesinado en agosto de 1942. No me es posible asegurar que ambos nombres pertenezcan a la misma persona.

Editorial

Para los anfibios

Hay que definirse

Para ti, zángano de retaguardia, que por indiferencia o cobardía te pasas las horas sentado en el café, en el music-hall o en el prostíbulo; para ti, charlatán de taberna, que sentado a un velador discutes la labor generosa y altruista de nuestros milicianos en el frente; para ti, miliciano por snobismo, que luces tu flamante uniforme en las Ramblas, haciéndonos admirar más tu estulticia marcial que tu gallardía física completamente inútil para la Revolución; para todos vosotros, antifascistas de última hora, escribo estas líneas.

El fascismo nutre sus mesnadas de eunucos; la Libertad, sus falanges de hombres libres. Por eso el fascismo, que no es otra cosa que la autoridad exaltada a su potencia máxima, os manda a la guerra; la Libertad, en cambio, os invita a la Revolución. Hasta en esto, en su lenguaje, se diferencian enormemente la Autoridad y la Libertad.

Fíjate bien, lector: la Autoridad TE MANDA; la Libertad te INVITA. La fealdad de la Autoridad es tan grande que obliga al mandato; la belleza de la Libertad es tan atractiva, que le basta con una invitación. Por eso una y otra te hablan en lenguaje tan dispar. “Pena de muerte al que no me siga”, dice la Autoridad; “el que me ame que me siga”, dice la Libertad. Si no hablaran así, ni los autómatas irían al fascismo, ni los hombres irían a la Revolución. La naturaleza del esclavo y la del hombre libre son tan profundamente divergentes, que exigen esta diferencia de lenguaje.

Con el fascismo, la Autoridad trata de afirmar su soberanía, cimentándola en la servidumbre de los pueblos, con la Revolución, la Libertad trata de devolver la soberanía a los pueblos, fundamentándola en la autonomía de cada individuo. Y para esto, la Autoridad necesita esclavos, dispuestos a marchar uniformados, a coger un fusil y a matar al toque de corneta, convirtiéndose de autómatas risibles en asesinos miserables. Y la Libertad precisa hombres dispuestos por un imperativo categórico a defender la autonomía de su personalidad, luchando y muriendo en defensa de la independencia de cada uno de sus semejantes.

Y ahora dime, lector amigo, ¿qué prefieres? ¿El fascismo que esclaviza o la Revolución que redime? Yo te emplazo ante esta disyuntiva. Ante ella no puedes encogerte de hombros; has de pronunciarte por uno de sus términos.

O te decides por el fascismo, que es el sacrificio estéril de los pueblos para satisfacer las ambiciones de un malvado o de un loco, o por la Revolución, que es el sacrificio fecundo de un pueblo para satisfacer las aspiraciones de la Humanidad.

O por el fascismo, que es la guerra, huracán de apocalipsis fecundo en renunciaciones, o por la Revolución, que es tempestad fecunda en alumbramientos redentores.

O por el fascismo, que endiosa a los vencedores y esclaviza a los vencidos, o por la Revolución, que dignifica a todos por igual, a vencedores y vencidos.

O por el fascismo, que es el triunfo del organismo animal, salvaje, primario, o por la Revolución, que es el triunfo del altruismo hominal, abnegado y generoso.

O por el fascismo, que es el azote de los pueblos, el asesinato de la Humanidad, el Gólgota de la Libertad, la negación de la autonomía de la individualidad humana, o por la Revolución, que es la emancipación de los pueblos, la regeneración de la Humanidad, el Tabor de la Libertad, la afirmación de la autonomía de la individualidad humana.

¿Por cuál te decides, amigo lector? No tienes tiempo que perder. Vivimos en unos momentos decisivos en que los acontecimientos se precipitan con la velocidad del rayo.

Si te decides por el fascismo, eres un suicida que cavas tu sepulcro, o a lo más, eres un esclavo que forjas tus cadenas. Mereces el castigo de Sísifo, porque entre ofrendar la vida a la tiranía y ofrendarla a la Libertad los hombres no dudan. Dudan los esclavos que no aman la Libertad, tal vez porque el exceso de servidumbre acaba por producir, como el hambre excesiva, la inapetencia de la Libertad, manjar exquisito que sólo alcanza a saborear el hombre libre.

Si te pronuncias por la Revolución eres un hombre que afirma la soberanía natural de tu individualidad, o a lo menos, eres un esclavo que rompes tus cadenas. Mereces la glorificación de Hércules. Y las generaciones bendecirán tu nombre porque habrás acabado con el fascismo, ese monstruo sin alma que alimenta sus caballos apocalípticos con carne humana, igual que Diómedes, aquel fabuloso rey de la Tracia, que murió a manos del héroe más famoso de la Grecia mitológica.