Contra Catalunya

 

El mejor libro sobre la Cataluña racista y tabarra de 2017 fue escrito veinte años atrás. En 1997 yo me encontraba en Dublín y escuché por primera vez el nombre de Arcadi Espada, su autor.

Kitty O’Tierney era mi casera y convivía con ella y otros jóvenes como yo en una casa en el norte de Dublín, muy cerca de la Taberna del Ganso, a un paseo del pub Fagan’s y de Griffith Park, bajando por Drumcondra Road, una de las calles más alegres de Dublín si hay día de partido. La casa de Kitty era grande y podía acoger cómodamente a cuatro o cinco inquilinos. Viajeros y estables. Las aguas del destino siguieron un cauce abierto por mi inocencia, que a esas alturas ya degeneraba en estupidez (yo había cumplido los veintiún años): metí en casa a un comunista. Era poeta y superaba por poco la edad de mi padre. Elegante, sevillano y residente en Bañolas, provincia de Gerona. Lo que al principio parecía en él excentricidad se vio más tarde que era locura. Llegó a odiarme a muerte y cuando se marchó de la casa dejó a Kitty un diario escrito por él donde me acusaba de ladrón y cocainómano. Era un poeta extraordinario.

Fue el primero que me habló de Arcadi. Sentía admiración por un hombre que luchaba, como él, contra el nacionalismo. Y había escrito Contra Catalunya. El poeta había intentado comunicarse con Arcadi para enviarle algunos escritos suyos, en especial una especie de epopeya que había titulado Las Pujólicas, a la manera de Virgilio. Como no le fue posible, intuyó que Arcadi permanecía oculto, escondido de la ira de los nacionalistas. Tenía una imaginación portentosa.

En aquella época, yo aún era catalán. Sabía lo que era el nacionalismo, porque sus prosélitos son extraordinariamente pelmas. Los encontrabas por todas partes y como descuidaras un flanco ya te estaban atacando con su parloteo y su cháchara. En general parecían simpáticos, como puedan serlo los tarados inofensivos, pobrecillos, pero también abundaba el hijo de puta integral. No me refiero a los más violentos, sino a los que abusaban de su poder para imponer sus ideas. Me refiero, claro está, a los profesores.

Quizá esté equivocado, pero yo he sentido siempre una inclinación natural a rechazar ideas que me despreciaran como ser humano. Lo que aquellos zombis de la xenofobia me decían era que yo, como español, era un ser retardado y casposo mientras que ellos, como catalanes, eran modernos y superiores. Que nadie le dé más vueltas: esa es la esencia del catalanismo.

Tenía un compañero de clase, Francesc, que se empeñaba en llamarme Sergi (seryi) y se sorprendió mucho el día que yo comencé a llamarlo Paco. Esa sorpresa, disfraz de su candidez, demostraba que era un cenutrio, y eso puede decirse de todos ellos. Francamente, yo creo que el racismo es una mala cosa y no le veo defensa alguna, por mucho que quien lo propugne sea un borrego ingenuo. Desde chiquiticos les han dicho que son diferentes —y mejores— por llamar formatge (furmacha) al queso y porque en TV3 ponían Gent del barri y no Curro Jiménez, o porque Quim Monzó hacía humor inteligente junto a Mikimoto y nosotros en la Uno teníamos que soportar al Dúo Sacapuntas. Los pobres no se daban cuenta de que todos nos la cascábamos con la misma intensidad viendo a las Mamachicho en Tele5 y que nadie es más que nadie.

 

Así pues, en 1997 hubo un periodista que hizo una crónica de aquel tiempo y aquellas gentes, y que viene a ser la crónica de este tiempo y estas gentes.

Existe una salvedad, y es la forma que han tenido de despeñarse los nacionalistas en septiembre y octubre de 2017 por los barrancos de la alucinación. Ha transcurrido ya un año y los pocos libros que se han ocupado de ello son irrelevantes, pobres de análisis y ayunos de brío literario. Mucho más teniendo en cuenta que lo sucedido estos meses ha sido angustioso. Manuel Arias Maldonado lo explicó en un artículo inolvidable: «La desesperación y el pesimismo que marcaron a un buen número de intelectuales del siglo XX se nos han hecho de golpe inteligibles».

Esa diferencia entre 1997 y 2017 queda solventada en la nueva edición de Contra Cataluña, gracias al postfacio que ha añadido Arcadi a su libro. Es un resumen perfecto de once páginas sobre la mentira que las élites nacionalistas han hecho tragar a sus corderos amarillos. El postfacio redondea el libro, una lectura imprescindible, pero nos hace añorar una crónica más extensa de la intrahistoria catalana actual. La narración de los sucesos está desperdigada en periódicos y en las redes sociales, ambos carentes de profundidad. La nueva guerra de los lazos, por ejemplo, está documentada con vídeos y fotografías y nadie parece dispuesto a contarla con detalle. Dónde están los periodistas.

 

Tras mi periplo irlandés regresé a Barcelona en marzo o abril de 1998. Encontré Contra Catalunya por casualidad en la librería Cervantes, muy cerca de la plaza de la Universidad, una librería de segunda mano que me era muy querida y que ya no existe. El ejemplar me costó mil pesetas, una cantidad que entonces yo consideraba una fortuna. La primera lectura me dejó frío. Me fue muy difícil vislumbrar lo que había detrás de una prosa nueva, de una voz propia tan inteligente y juguetona. No entendí las reglas del juego de aquella escritura. Pero hubo algo que me atrajo, algo que debí de intuir y que me llevó a una segunda lectura, tiempo después. No recuerdo cuándo tuvo lugar el reencuentro, pero algo había cambiado en mí. Todo se me hizo claro y evidente.
Contra Catalunya no es un libro que haya de servir para reafirmarse en la lucha contra la xenofobia y el racismo; es decir, no tiene por qué ser un libro para convencidos. Es un libro exhibicionista: desvela la perfidia nacionalista, descubre quiénes la idearon, cómo la propagaron y cuándo tuvieron lugar los momentos críticos que abrieron puertas a la demencia supremacista. Fue escrito hace veintiún años para explicar pormenorizadamente qué es lo que ocurre ahora. Por eso debe ser leído por la caterva equidistante y los despistados rehenes del buenismo que todavía creen en la existencia de un pueblo catalán oprimido. Es posible que a muchos les ocurra como a mí, y choquen contra el muro de una prosa que pueda parecer extraña e inextricable. No tardarán en darse cuenta de que no hay muro alguno, sino una puerta abierta.

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1 Comentario

  1. Javier Arazola

    Magnifico. A mí me pasó lo mismo con el libro e incluso con la figura de Arcadi. Con el tiempo he aprendido a recibir toda la luz de su complejidad y ahora no puedo vivir sin su prodigiosa inteligencia, incluso cuando me supera. Por lo demás, hijo de padres de nacionalidades diferentes, soy un antinacionalista radical desde la cuna. Puro sentido común. Lo menos que se puede ser para empezar a ser una persona decente.

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