Fernando Hernández Sánchez, director del departamento de Historia del instituto IES Sefarad de Fuenlabrada, editor de la revista Entresiglos y autor del libro Comunistas sin partido, ha tenido a bien contestar algunas preguntas sobre las figuras de Jesús Hernández y Enrique Castro y el papel de los herejes, renegados y discrepantes dentro del Partido Comunista. Sus respuestas son toda una lección. Aprovéchenla.
Hernández Sánchez, Fernando. Comunistas sin partido: Jesús Hernández, ministro en la Guerra Civil, disidente en el exilio. Madrid: Raíces, 2007. 303 p.



Enrique Castro en una ilustración de Milicia Popular, 30/07/1936


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Los renegados ¿Qué interés, desde el punto de vista histórico, personal o cualquier otro, tienen aquéllos que reniegan de un partido o una ideología?


La historia de los discordantes, de los disidentes, de los renegados, resulta tanto o más interesante que la de quienes transitaron siempre por los lineales caminos de la ortodoxia. Al fin y al cabo, estos contaron no solo consigo mismos, sino con todo un aparato, una factoría de producción discursiva, un transitar a favor de corriente, para amparar, amplificar y cohonestar su visión de las cosas. Los primeros tuvieron que emprender senderos arduos, en la mayor parte de las ocasiones –a pesar de lo que publicitaban los altavoces del dogma- poco rentables, inseguros o conducentes sin remisión al fracaso y el olvido. Si la historia del exilio español es la de un proyecto vencido y desesperanzado, la de quienes rompieron con el único nexo umbilical que les ligaba a la razón de ser de sus vidas pasadas, al ámbito acogedor de la amistad y la camaradería, y a una esperanza colectiva de restitución es el relato de una doble derrota. No comparto la muy literaria idea de que haya una superioridad ética en la figura del perdedor: como Aquiles en el Hades, cualquier perdedor, cualquier muerto, lo daría todo por ser el último de entre los vivos, el postrer soldado del desfile de la Victoria. Lo que nos hace simpatizar con el perdedor es la fatalidad del que tiene que encarar su nueva andadura en solitario –ya se sabe que el triunfo tiene muchos padres, pero la derrota es huérfana-, y más a menudo aún, en medio de la negación de los otros. Y nos conmueve saber de antemano cómo va a terminar. Si, además, la ruptura se produce respecto a una organización total, a la que uno no solo se adhiere para apoyar un proyecto a medio o largo plazo, sino en la que se depositan afectos y entrega personal, a cambio de la seguridad –históricamente científica- en la inevitabilidad del triunfo, la quiebra resulta mucho más dura: “No se libera uno del Partido comunista como se deja un partido liberal –decía Ignacio Silone-, sobre todo por la razón de que la intensidad de los lazos que unen a un ciudadano con su partido se encuentran en proporción inversa a los sacrificios que le cuesta. El Partido comunista, para sus militantes, no es sola ni principalmente un organismo político: es escuela, iglesia, cuartel, familia; es una institución total en el sentido más completo y puro del término, y compromete por entero a quien se somete a él”.

Hay algo que no entiendo, y es lo de “a cambio de la seguridad –históricamente científica- en la inevitabilidad del triunfo”. A qué se refiere exactamente con “históricamente científica”? ¿A que está avalada por la historia, quizás?

Me refería a la determinación histórica que lleva implícita la concepción vulgar de la teoría marxista que fue, en su aplastante mayoría, la que asimilaron los comunistas españoles a través de la herencia de pobreza teórica del viejo pablismo socialista amalgamada con la literatura dogmática del estalinismo. Salir de las filas del partido tenía una connotación muy distinta para un comunista que para un liberal o un republicano: significaba apearse del vehículo que marchaba en el sentido de la Historia; era renunciar al futuro. Tenga en cuenta que esa fe en la victoria futura, ineluctable, era la que atenuaba los rigores del presente y absolvía de los errores del pasado. Había en los comunistas una especie de nostalgia del futuro que les diferenciaba radicalmente de los conservadores -más preocupados porque el presente no se diferenciase en mucho del pasado- y los liberales -que gestionaban el presente para que no se volviese al pasado en el futuro-. Por todo ello, la desvinculación orgánica tenía para ellos un coste mucho mayor.

“Institución total”. Todos estos disidentes se mueven entre partidos o ideologías que funcionan como una “institución total”, en palabras de Silone. Salvo, quizás, alguna excepción puntual, no parece que tras la guerra los militantes de algún partido liberal se unieran a alguno de los partidos antirrepublicanos o revolucionarios, ya fueran falangistas, comunistas o anarquistas. ¿Realmente eran todos ellos una “institución total”?

Con el término “institución total” me refiero a aquel tipo de partido que demandaba de sus adherentes una implicación total, un encuadramiento que iba prácticamente “de la cuna a la sepultura” (pioneros, juventudes, partido…) y la inserción en una cultura colectiva que teñía cada uno de los actos de su vida pública y privada. En los años centrales del siglo XX, el desarrollo de los partidos comunistas, allí donde fueron legales – Italia y Francia- generó una subcultura propia, difícilmente extrapolable a otro tipo de organización política: Un individuo podía vivir en una comunidad regida por un alcalde del partido; relacionarse en el trabajo con los camaradas de la sección sindical, con los que volvía a encontrarse en la sede local del partido; acudir a los actos públicos encuadrado bajo las banderas y las consignas del partido; emplear su tiempo de ocio en participar en las fiestas del partido, difundir su prensa o divulgar su propaganda; sus opiniones se moldeaban por la prensa diaria del partido, sobre cuyos contenidos hablaba con los convecinos de la cooperativa de viviendas promovida por el partido; veraneaba en colonias de vacaciones gestionadas por el partido; se casaba con alguien del partido, sus hijos entraban a militar en las juventudes del partido y, en ocasiones, los camaradas de la agrupación local del partido intervenían para mediar en sus conflictos familiares… Me gustaría matizar que, pese a lo que parece a primera vista, no se trataba necesariamente de un universo orwelliano: mucha gente entraba en él de forma volunt
aria, por tradición familiar, por mor de la seguridad y el calor que ofrecían sus redes de solidaridad. Ahora bien, es de imaginar el drama que suponía salir abruptamente de este entramado de relaciones. Si a eso le sumamos las especiales condiciones en que se movían los comunistas españoles -exilio y clandestinidad-, la ruptura y la pérdida de referentes de apoyo añadían a la exclusión un plus de penosidad e inseguridad.

¿Qué diferencias –sustancialmente ideológicas- hay entre el comunista que se aparta de la ortodoxia soviética para fundar un nuevo partido comunista (como en el caso de Hernández y Castro) y el que da el salto a una ideología opuesta? ¿No les son comunes a ambos el nacionalismo? (Uno a Hernández y Castro y no sé si he hecho bien, pues Castro terminó en España rodeado de amigos falangistas. ¿Fueron idénticos sus caminos de disidencia?)

Respecto a las diferencias entre los que se separaron de la ortodoxia soviética, Isaac Deutscher habló de la existencia de herejes -los que, abominando del estalinismo, no renunciaban a buscar una alternativa al capitalismo- y renegados -los que abandonando sus primitivas posiciones se integraban con armas y bagajes en el sistema occidental-. Yo añadiría dos más: los discrepantes, que disintiendo de la táctica, denunciaban una desviación en la línea ortodoxa; y los desengañados, que manteniendo en lo esencial sus ideas, se retrajeron a la esfera privada ante la frustración motivada por la praxis política. De acuerdo a esta taxonomía, Jesús Hernández sería un hereje; Enrique Castro y Valentín González serían renegados; Enrique Lister sería un discrepante; y Manuel Tagüeña, un desengañado. Lo que si es cierto es que, antes de llegar a la condición de hereje o renegado, se habrá pasado por la etapa de discrepante. Hernández y Castro lo fueron, antes de ser expulsados del PCE en 1944 -lo del El Campesino es caso aparte-. Y también que se podía llegar al estadio de desengañado sin haber pasado por ninguna de las etapas intermedias, solamente por la erosión causada por las vivencias personales.

Hernández y Castro coincidieron en la primera etapa de su recorrido: ambos habían sido figuras egregias del PCE durante los años heróicos de la guerra civil -ministro de Instrucción Pública y hábil propagandista, el primero; organizador ejemplar del Quinto Regimiento, el segundo-. Sus caracteres eran distintos, abierto y expansivo el de Jesús; reservado y caústico, el de Enrique. Sobre ambos impactó la demoledora experiencia soviética y sus penurias: Castro en Ufa, viviendo desde dentro las miserias cotidianas de la pugna intrapartidaria y del aparato de la Komintern; Hernández en Kuibishev, con la dirección bolchevique, intentado remediar las catastróficas condiciones de vida de la colonia española. Ambos creyeron llegado el momento de imprimir al partido una dirección autónoma, tras la muerte de José Díaz, con el fin de la guerra mundial y una entonces previsible caída de Franco. Fracasaron en ambos aspectos: Franco no cayó, porque no estaba previsto en Yalta; y el PCE no pudo operar de acuerdo a los intereses nacionales, y no a los que imponía el tablero de la guerra fría. Por eso ambos apostaron por la vía nacional y la ruptura con el monocentrismo moscovita. Y aquí de nuevo se revelaron sus diferentes personalidades; Hernández, más entusiasta, se volvió hacia la Yugoslavia de Tito en busca de patrocinio para su proyecto de Partido Comunista Nacional Español; Castro, cada vez más pesimista, acabó llevando su ruptura más allá, y se declaró abiertamente anticomunista.

Hernández trabajó para la NKVD. ¿Cuáles fueron exactamente sus cometidos? ¿Cree posible que Castro también trabajara para los servicios secretos soviéticos?

Por la propia naturaleza del asunto, no es fácil establecer cuándo se produjo la integración de Jesús Hernández en la NKVD, ni cuáles fueron sus cometidos en ella. Es probable que la relación se remontara al periodo de su formación en la Escuela Leninista, en 1931-32. De fechas posteriores sabemos que, al margen de su actividad pública durante la guerra civil, fue estrecho colaborador de Maurice Tréand en el desarrollo de la empresa France-Navigation, la cobertura francesa de la Komintern para el suministro de pertrechos soviéticos a la República española; y que tuteló las actividades del grupos de refugiados comunistas portugueses en España, a los que ayudó a montar una emisora que emitía para territorio luso desde Valencia. En el exilio soviético se implicó en las actividades de propaganda, colaborando con INO Radio, la red de emisoras en distintos idiomas que la NKVD montó para la Komintern. En la URSS cultivó la amistad, que ya había adquirido en España, con el coronel Starinov, responsable de operaciones especiales y fundador del XIV Cuerpo de Guerrilleros que operaba en la retaguardia franquista. Con Starinov, Hernández contribuyó a nutrir de experimentados cuadros españoles un batallón de la NKVD que actuó tras las líneas alemanas con grandes pérdidas, pero eso le granjeó la simpatía de buena parte de la colonia española en la URSS, que prefería la acción en el frente a la degradación de las condiciones de vida en la retaguardia soviética.

Cuando la NKGB -los servicios para el exterior- se desgajaron de la NKVD, Hernández pasó a formar parte de aquella organización. Fue bajo su cobertura como llegó a México (con el alias de “Pedro”), probablemente para garantizar la colaboración de la colonia comunista española en la “operación Gnomo” para sacar a Ramón Mercader de la penitenciaría de Lecumberri. Serían el estallido de las diferencias políticas en torno a la asunción de la dirección del partido entre Hernández, Antón y Uribe lo que destaparía el escándalo acerca de la fuga de Mercader, dando al traste con ella. Sin embargo, a pesar de su expulsión del PCE en el verano de 1944, Hernández no dejaría de ser miembro del NKGB hasta un año después, mientras publicaba su libro denigratorio sobre el papel de los anarquistas en la guerra civil, “Negro y Rojo”.

De su compañero de escisión, Enrique Castro Delgado, no nos consta que fuera miembro de la NKVD o del NKGB. De hecho, el que fuera secretario personal de Hernández y allegado de Castro, Eusebio Cimorra, declaró a Fernando Claudín durante el proceso que se abrió para depurar a los “hernandistas” que Castro envidiaba a Hernández porque, al contrario que este, nunca había logrado pertenecer al “aparato secreto” de la Komintern. De lo que ho hay duda es de que Castro y su mujer, Esperanza Abascal, pudieron salir de la URSS en contra del criterio de Dolores Ibárruri porque contaron cn el aval personal de Caridad del Río, madre de Ramón Mercader, amiga también de Jesús Hernández. Se rumoreaba que ello había sido posible a cambio de que Castro hiciera todo lo posible por facilitar la evasión de Mercader.

Nos ha hablado en la primera pregunta del interés que suscitan, en general, los herejes, renegados, discrepantes y desengañados. ¿Qué le llevo a usted a interesarse por ellos? ¿Por qué esencialmente los pertenecientes al Partido Comunista?

Desde siempre me ha interesado la historia del movimiento comunista en el siglo XX, ya que lo considero como uno de los grandes procesos que contribuyeron a forjar la modernidad -en línea de continuidad con el proceso jacobino desarrollado durante la Revolución francesa-. Ahora bien, considerando que, como fuerza telúrica de transformación, no logrará sobrevivir a la esclerosis a que lo sometió la desnaturalización democrática por el leninismo, la perversión del internacionalismo por el neozarismo estalinista, y la negación del igualitarismo por la nomenklatura soviética de todos los tiempos, mi centro de interés se desplazó hacia quienes fueron capaces de descubrir sus inercias e intentaron o bien co
rregirlas, o bien denunciarlas. Hay una frase terrible, una de esas jaculatorias de cuño estaliniano que sale a relucir durante el proceso contra Hernández y Castro, que resume perfectamente la ceguera a la que el culto a la personalidad y la adhesión acrítica a la línea impuesta por el aparato empujará a quienes, por otra parte, blasonaban de aplicar el racionalismo materialista al análisis de la realidad: “Más vale equivocarse con el Partido que acertar contra él”. Como epitafio para el movimiento que aspiró a conquistar los cielos, no se puede pedir algo más certero.

Para estudiar estas figuras disidentes se ha dirigido a sus familiares, muchos de ellos residentes en México. También ha consultado numerosos archivos de diferentes partidos y organismos públicos. ¿Ha encontrado alguna dificultad especial a la hora de llevar a cabo su investigación?

Mi investigación acerca de la disidencia de Jesús Hernández ha contado con un obstáculo que, si no insalvable -los partidos comunistas eran perfectas maquinarias de producción de papel por triplicado, incluso (y con más motivo) cuando espiaban a sus propios miembros díscolos-, sí ha dificultado mi trabajo: No he logrado, a pesar de intentarlo por diversas vías, contactar con la familia mexicana de Hernández ni consultar su archivo personal, si es que ha quedado algo de él. A ello se sumó la desaparición política del Estado para el que Hernández trabajó en sus últimos años, Yugoslavia, por lo que su entidad sucesora -la República de Servia- tampoco prestó mucha colaboración a través de su embajada en México. Estas lagunas las he cubierto con el imprescindible material que se encuentra en el propio archivo del PCE, que logró colar un “topo” entre la media docena de miembros que componían el círculo íntimo de Hernández, y con las entrevistas personales a gente que lo trató en su exilio soviético. Quizás aparezca alguna fuente más que aporte un poco más de luz sobre el último periodo, el más oscuro, de su vida, pero creo que mi investigación ha contribuido a perfilar, en lo esencial, la figura de este personaje tan controvertido.