Anoche continué leyendo La cuenta atrás, del escritor bilbaino Juan Bas. Es una novela previsible y aunque todavía me quedan cincuenta páginas, dudo que albergue sorpresa alguna. Cuenta la historia de una derrota, la sufrida por un boxeador ante la vida. Los ingredientes son los habituales en este tipo de relatos: amistad y traición, éxito y fracaso, sexo y amor. Los contrapuntos humorísticos son lo mejor del libro y alguno no es nada desdeñable. Puede resumirse con aquel “está bien” que, según Alberto Hidalgo, estaba de moda en el mundillo cultural español de principios de siglo XX.

Decidí leer la novela porque fue el regalo de un amigo y porque anoche se dieron las circunstancias precisas para hacerlo. Sábado por la noche, sin nadie con quien hablar, cerveza, cascagüeses y pistachos y el ordenador de bolsillo a mano para ver vídeos, oír música y echarle un vistazo a los blogs. No deja de ser una situación calcada a las mejores de la adolescencia y hay momentos que es necesario recrearse en esa felicidad porcina para poder sobrellevar la lucha diaria.

La cosa se torció cuando ya estaba dormido. A las cuatro de la mañana los nuevos inquilinos del piso inferior comenzaron a hacer ruido. Son anglos. Ella gritaba “honey-honey-honey-honey-honey-honey” y algo más, no recuerdo si “more-more-more-more” o “yes-yes-yes-yes” y a él parecía que le estaban azotando con un bate en el hígado: “humpf-humpf-humpf-humpf”. Estaban disfrutando, pero a mí me entró una desolación infinita. Como si fuera Segalari, el protagonista de la novela de Juan Bas, golpeé tres veces el suelo de madera con el puño haciéndome mucho daño. Los fornicadores megaphonos pararon momentáneamente y se oyó el crujir de la cama. Parece que se levantaron. Manipulé el ordenador para contrarrestar aquellos gemidos por otros grabados, posteriormente me enchufé el Amarok recién comprado y logré dormir. Vaya mierda de fin de semana.