Burgess

 

 

Uno de los beneficios de mi soledad adolescente fue el descubrimiento de Anthony Burgess. No recuerdo cuál fue la primera novela que leí de él ni cómo llegué a ella. Imagino que llamaría mi atención en alguna pila de libros de los Encantes. Sí puedo asegurar, aunque no tenga el menor recuerdo sensorial al respecto, que me reí con ganas y que no me enteré de nada. Seguramente soy el peor lector de Anthony Burgess del mundo. No tengo sentido del ritmo, y su escritura se acomoda al ritmo secreto que el escritor/compositor tenía en su mente. También soy un ignorante oceánico, y sus libros están plagados de referencias eruditas que se me escapan y que, como máximo, podrán sugerirme mundos ocultos, como los que sugieren las putas desde sus esquinas a los hombres desdichados. 

Pero eso y nada más que eso son las novelas de Burgess para mí. La eterna adolescencia, un tiempo estático y extático lleno de insinuaciones y recovecos que invitan entre carcajadas a conocer lo recto y lo absurdo que nos espera al final de ese barranco por el que vamos a saltar una vez crucemos la línea de sombra.

Hace unos días había leído con pasión el libro de Eduardo Gil Bera Esta canalla de literatura: quince ensayos biográficos sobre Joseph Roth y terminé al fin el libro perdido, Tarabas. Me había satisfecho la averiguación de la nobleza que puede esconder el odio y fantaseaba con regresar de nuevo al restaurante dedicado a Roth aquí en Berlín. Imaginé que tardaría en encontrar una nueva lectura, pero en el chacharear de los plúteos se me fue la mano como a un buen culo: Burgess. El segundo volumen de su autobiografía, Ya viviste lo tuyo.

Cuán maravilloso puede ser equivocarse. De nuevo pensé que gozaría con dos o tres páginas y que lo arrinconaría en espera de ocasión propicia, pero llevo ciento cincuenta páginas leídas casi de un tirón, y no hay una sola de ellas que no tenga una escena absorbente o una frase que me haga reír a carcajadas. He dejado de señalar con papelillos los párrafos que más me atraen, ahora que empiezo a perder también la memoria visual de los libros, y he comenzado a subrayarlo, cosa que hago en muy pocas ocasiones. Sus viajes, su perro loco, los desmayos y borracheras de su pobre esposa Lynn, la que fue violada por marineros norteamericanos en Londres y tuvo que abortar, escena que Burgess exorcizó en La naranja mecánica; los pubs, las reseñas desfavorables, la falta de compadres con los que hablar de técnica narrativa, la música, la lingüística, Irlanda, las peleas. Cualquier cosa le sirve para hablar en serio, sin perder la capacidad irónica y caricaturesca, de la culpa y la expiación, la naturaleza humana, la teología o el amor.

He mirado algunos vídeos de Burgess. No recordaba su extravagante peinado y me ha fascinado su voz y su prosodia. Y, por supuesto, me ha enternecido saber, hasta el punto de tallar en mármol un altar, que en 1980 fue declarado el Cerdo Sexista del Año por una asociación feminista.

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1 Comentario

  1. viejecita

    Leyéndole a usted, me han entrado ganas de leer a Burgess. Tenía "Clockwork Orange ", como todo el mundo de mi época, pero me apetece leer más cosas de él, y en Amazon tiene nada menos que 65 páginas. Ya estoy vieja para leer ensayo , y tampoco leo traducciones de idiomas que conozca.
    ¿ Recomendaría alguno para volver a retomarlo ? ¿ Su autobiografía Quizás ?
    Por favor, y gracias
    M

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