En febrero abrí mi librería en el Mercado de San Antonio, en Barcelona. Malos tiempos para volver a una ciudad que nunca me fue agradable, aunque este reencuentro ha propiciado algunas maravillas. Por lo pronto, he descubierto que tengo amigos leales y generosos hasta extremos que nunca había podido imaginar. Y además me he sacudido esa modorra en la que estaba sumido tras veinte años de trabajo en el infecto «organismo» del que me nutro. Desde ese punto de vista, el paso dado tiene más de firme que de errante. Desde el punto de vista material, la balanza se mantiene. Otro asunto, también positivo, es el anecdotario, que se nutre domingo a domingo. Habrá que ir contando algo cuando encuentre algunos ratos.

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Entre las lecturas de estos meses, el libro esperado, El colgajo. Tan solo una reflexión: qué poco se ha escrito sobre los atentados en España. Los muertos no pueden darle a la tecla, pero muchos han sobrevivido y su testimonio es importante.

Por otro lado, descubrimiento de Houellebecq. No por tardío menos deslumbrante. Hace lo que le da la gana y eso es siempre admirable. De Houellebecq paso a Carrère, interesante aunque sea un pelma. Y no salgo últimamente de los franceses: el gran hallazgo del siglo es Henri Calet. Viejos tiempos es una obra maestra y el otro día compré por segunda vez, porque me había dejado mis lecturas en el carro donde almaceno el fondo de la librería, El todo por el todo. En Errata Naturae, que también publicó Hotel del Norte, de Eugène Dabit, otro libro más que apreciable. Con el de Calet compré también el libro del viaje a la URSS de Gide, en una antigua edición de Muchnik. Dabit acompañó a Gide en ese viaje y allí murió.

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Umbral. Las giganteas. Qué párrafos tan maravillosos, qué libro tan fallido. Los libros de Umbral ocupan un buen espacio en mi biblioteca. Conviene destilar, apurar lo mejor suyo y expurgar el resto. Cuando es bueno, es el mejor; cuando es malo… ni siquiera eso: cuando es cursi…

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Feria del libro viejo de Madrid. La gente compra con ganas, con gusto, con ojo fino. Qué diferencia con Barcelona. Encuentro entre otros a Luis Lázaro, de la librería Arranca Thelma, una de las más bonitas de España. La bonhomía de Luis es casi inexplicable. Le compro, con mucha emoción, un ejemplar de los boletines de la TEJ, el número 11, con José Antonio Primo de Rivera en la portada. Poco a poco voy nutriendo mi pequeña colección de estas comunicaciones que los antiguos presos de la Modelo publicaban para saberse supervivientes. Entre sus páginas hay listados de huérfanos que piden ayuda para sus estudios o para encontrar trabajo. Cada nombre, una novela.