Habrá quien reproche a Azorín el abuso de un vocabulario antañón que obliga a parar la lectura en cada página para consultar el diccionario. Quizá no se den cuenta los críticos que las palabras desconocidas no son piedras en el camino con las que uno tropiece. Las más de las veces no es necesario comprobarlas para entenderlas y basta con admirarlas mientras uno sigue su paso por el libro. De vez en cuando quizá convenga pararse y tomar una. Atesorarla. Me ha pasado en este fragmento de Salvadora de Olbena.

Noche profunda; desde ayer, a las seis de la tarde, está lloviendo. No ha cesado de caer agua; unas veces, turbión ; otras, orbayo. El tic-tac de los relojes se mezcla al golpeteo de la lluvia en los cristales. El cielo, por la tarde —ahora sucederá lo mismo—, era bajo, de nubes apelotonadas. Cerraban el horizonte y comprimían las cosas en los ámbitos de las viviendas; el pensamiento se encontraba también compreso por estas masas cercanas de las pesadas nubes. Salvadora recorría toda la casa y se detenía de cuando en cuando absorta. Ha ido registrando salas y saletas; el alguarín, con sus trebejos de limpieza; el sótano, con el fresco sibil, donde se guardan las carnes; las recámaras, con sus armarios, perchas, baúles, maletas y antiguos cofres peludos; el cuarto de costura, con su palo de planchar, su costurero, su arnequín; la despensa con la potajería, limpiamente entalegada, las orzas de conservas con su rotulata; las cuelgas de embutidos; los pescados ceciales y las carnes salpresas ; los botellines y frascos de salsas ; las ringlas de botellas de licores varios; el tinajero, con aceites y con vinos de pasto; la cocina y el tinelo, donde la servidumbre murmura mientras come; el amasadero, con sus artesas, hintero, cedazos, cernedera, orcita de levadura, añacales, pintadera, rollo de hojaldrar; la escalera grande, ancha de caja, el ojo amplio, con bola lucidora al comienzo de la barandilla o mainel; las escaleritas hurtadas o de servicio; el comedor con sus pinturas: bodegones, floreros, cebaderos; el corral y el trascorral; las falsas; la caballeriza; el gallinero y la cochiquera; la mostelera y la tinada. Cuando recorría recintos descubiertos, gustaba de advertir en su paraguas, rodeada de tinieblas, el redoble de las pesadas gotas. Al fin, ha vuelto a entrar en la casa, con la capuchina de azófar que la alumbraba.

A mí, este fragmento tan sensorial gracias al vocabulario, me ha llevado de nuevo a los primeros días de verano en Ágreda, cuando llegaba a casa de mis abuelos y recorría las estancias una por una comprobando con alivio y delectación que todo seguía igual que el año anterior y que me esperaban días fabulosos. De la docena de palabras desconocidas, me quedo con sibil, «Pequeña despensa en las cuevas, para conservar frescas las carnes y demás provisiones». Así es como llamaré a ese cajón del frigorífico que conserva las carnes casi a cero grados y que tan útil me es. Y que no tiene nombre. Hasta ahora.

Otro uso que hace Azorín del vocabulario es el humorístico. Anoche me reía a carcajadas con este fragmento en el que un conde borracho se mete en una taberna y abronca al tabernero catalán porque asa corderos. Cómo no recordar la obsesión de Faemino y Cansado con el psiquiatra y los corderos. Valdecebro, el noble, entra en la taberna, lee una traducción decimonónica de Ovidio, y entre chisguete y chisguete de priorato, se arranca a hablar.

— Magraner, veo con satisfacción que pelechas. Y pelechas porque no suministras vino cascarrón ni vino peceño; tus caldos son suaves, vienen en toneles de roble; otra cosa sería ofensión para los vinarios del fértil llano.

El bodegonero escancia oloroso blanco de tres hojas.

— No hay razón, amigo Magraner, para que ases corderos. Los corderos están con sus madres, en las parideras, en los rediles, en los pacederos, en los sesteadores, en las majadas, en los aperos, en los apriscos. No piensan en ti; no debes tú pensar en ellos; tú expendes vinos y ellos están majadeando. Cada cual tiene su destino. No equivoques el tuyo, Magraner; los corderos, si tú no los asas, no equivocarán el suyo. Magraner: una cosa es desrabotar corderos para su medro, y otra el tostarlos.

Magraner calla; sus cejas enarcadas, sobre unos ojos chicos, le dan aire de perpetuo asombro. Escancia otro cortadillo a Valdecebro, y éste dice:

— Magraner: en las cosmogonías varias no se incluye, como plan del universo, el tostamiento de los recentales. No pretendas innovaciones peligrosas; sé cuerdo y atente a las leyes cósmicas inmutables.

Sigue silencioso el bodegonero, y como Valdecebro se arregosta al Priorato llena nuevamente el vasito de Ricardo, el cual profiere:

-Magraner: ¿te ha llegado alguna conminación para que ases corderos? El asar corderos sólo tiene como eximente el miedo insuperable. ¿Tienes tú ese miedo?

Continúa mudo el figonero, y viendo despulsarse por el Priorato a Valdecebro, torna a llenar el vaso; el conde va diciendo lentamente:

— Magraner: ha habido un filósofo que se llamaba Miguel de Montaigne; el cual, hablando de las relaciones de los animales con el hombre, ha dicho que ni nosotros los entendemos, ni ellos nos entienden. Nosotros los consideramos animales, y ellos nos consideran animales a nosotros. Piensa, amigo Magraner, en estas palabras cuando te dispongas a asar los corderos, víctimas de vil occisión.

***

Ayer, yoga y pasta con ternera. Por la noche, caldo de pollo cocinado dieciocho horas. Catalogación de libro infantil. Hoy, lentejas y retejuelado de la sección de cine dramático. Hallazgo de Linda Galmor gracias a Claudio Sífilis. Es raro encontrar buenos humoristas que aticen a la escoria comunista y racista.