Las víctimas tienen un nombre

17/07/2013

turia_17Reseña publicada en el último número de la revista Turia (n. 107, julio 2013).

Las víctimas tienen un nombre

Andrés Trapiello. Ayer no más. Destino, 2012.

Las novelas sobre la guerra civil, con la salvedad de casos muy puntuales, se han convertido ya en un género que se parodia a sí mismo: idénticos protagonistas, idénticas tragedias, idénticos malvados, idénticos párrafos desangrados por el punzón de la solemnidad impostada. Están plagadas de monos de trabajo y alpargatas como los spaguetti western de camisetas mugrientas y rostros sudorosos sin afeitar. Estas películas, al menos, gozan del  atenuante de la ironía y de un humor no exento de emociones. Las novelas sobre la guerra, en cambio, se sobrecargan de tópicos y de lo que un médico diagnosticaría como hemianopsia, la ceguera de la mitad del campo visual, a la que cabría añadir el adjetivo de «ideológica».

Conviene apresurarse, pues, y decir que Ayer no más no es una novela sobre la guerra civil, aunque tenga ésta como trasfondo. De hacer caso a la fórmula de Miguel Delibes -una novela es un hombre, un paisaje y una pasión-, la guerra civil podría formar parte de la pasión que mueve a sus personajes, pero de ninguna manera es el paisaje, como en la riada de libros que se han publicado en España en los últimos años sobre el tema (más de cuatrocientos entre 1996 y 2011 según la hispanista Maryse Bertrand de Muñoz).

El argumento de la novela es llamativo: un hombre, Graciano, reconoce de forma fortuita al padre del protagonista, el historiador José Pestaña, como un integrante del grupo falangista que asesinó a su propio padre durante la guerra. Las voces de los personajes completan capítulo a capítulo un puzzle de sentimientos y puntos de vista distintos sobre tal hecho. La narración consigue así un ritmo muy intenso que no sólo no queda interrumpido por las reflexiones de Pestaña sobre la memoria y el olvido, sino que se acentúa gracias a la batalla que le enfrenta a sus propios colegas de departamento.

Trapiello cuestiona con esta magnífica novela el papel de ciertos historiadores y profesores universitarios que se aprovechan de la vida privada de quienes perdieron familiares por culpa de la guerra y la represión posterior; pero no deja de lado la crítica a todo aquél que se opone sistemática y dogmáticamente a que surja la verdad por encima de las ideologías y el rencor. Su postura no es otra que la de gentes como Manuel Chaves Nogales, Clara Campoamor o José Castillejo. El bando sin bando, formado por los que no quisieron arrimarse ni a unos ni a otros.

Gonzalo Torrente Ballester, al hablar de la fantasía y de la ciencia ficción, insistía en que el escritor es prisionero de la realidad y que ésta y la experiencia son el fundamento de toda novela. Así, es posible que Trapiello sea el novelista más facultado para tratar de las luces y las sombras de la memoria y el olvido. Durante varias décadas ha acumulado un conocimiento sobre los entresijos de la guerra que va más allá de la peripecia personal o de la historia familiar concreta. Sabemos que él la tiene porque en sus diarios ha hablado de su padre y del papel que jugó en la guerra como voluntario falangista. Pero en la gestación de la novela intervienen otras experiencias, como la de su labor editorial. En 1986 Julio Rodríguez Puértolas  le acusó de llevar a cabo un revival de la propaganda fascista por editar a autores como Rafael Sánchez Mazas o elogiar la obra de Agustín de Foxá. La acusación era especialmente grave en aquella época y podía tener consecuencias funestas. Pero para Trapiello supuso un aviso del peligro que traen los ecos del pasado y de cómo confunden, con su reverberar, los sonidos del presente. Afortunadamente las críticas no le arredraron y en 1994 publicó Las armas y las letras: literatura y guerra civil (1936-1939). Nadie hoy en día puede negar su valor. En el libro habla de las vidas de los escritores españoles durante la guerra civil: sus miedos, sus dramas, sus muchas cobardías y sus pocas valentías. Un espectáculo desolador pero extraordinariamente intenso. Su condición de poeta y novelista consiguió dotar de un estilo atractivo a un libro tradicionalmente acotado a los historiadores. Y sabemos los destrozos que éstos son capaces de hacer con el lenguaje desde desde que Karl Kraus y Ortega hablaron de la pesadez de su escritura.

ayer-no-masPor contra, el conocimiento de Trapiello sobre la guerra le permite un tono ágil y moderno: sobresalen las referencias a temas actuales, a artículos realmente aparecidos en la prensa en estos años, a escritores que han echado su cuarto a espadas sobre la así llamada “memoria histórica”… Aparecen el juez Baltasar Garzón, el escritor Fernando Savater, el mismo Trapiello, en un guiño unamuniano. La actualidad, vista así en la novela, obliga de nuevo a una reflexión sobre cómo hemos de tratar el pasado de un país que se asesinó a sí mismo entre 1936 y 1939.

Ahora bien: hay que insistir en que no se trata de la narración de unos hechos sobre esos años. En Ayer no más sólo hay dos relatos que exudan aquel terror: la propia historia de los padres de Graciano y de Pestaña, y la historia familiar que narra al protagonista y a su amante un profesor apellidado Medinagoitia, a quien los republicanos asesinaron al padre y a cinco hermanos en Málaga. Se intuye que ambas historias tienen un trasfondo factual (y queda confirmado por un artículo de Ernesto Escapa en el Diario de León de 28 de octubre de 2012). Son el verdadero relato de la guerra, el que nunca se podrá novelar. Porque como dice el personaje Pestaña, “las víctimas tienen un nombre”, y una novela no hace más que diluirlo en ficciones, enterrarlo para siempre ocultando su verdad. Y la verdad es lo que han temido hasta ahora los novelistas -con muy escasas excepciones- a la hora de hablar de la matanza entre españoles, como si quisieran remedar a Clausewitz y convertir la literatura en una forma de continuar la guerra por otros medios. Trapiello, afortunadamente para los lectores, abre a la novela el camino de la tercera España. No un camino de ida o de huida, sino un camino de vuelta.

 

3 comentarios

  • Rocatallada 21/07/2013en23:04

    “Nuestra”, ¡nuestra¡, Biblioteca Fantasma era en sí una declaración bélica, un guantelete a rostros que parecían de piedra, una pistola de madera con balas de verdad, una verdad descarada que “no vino aquí para hacer amigos”, justicia para los mal encasillados de la historia y el dedo infantil que señalaba al rey desnudo. Agua fresca, limpia.

    Las víctimas tienen un nombre.

    Carta de batalla: eso, si va por delante el nombre de su impulsor, es una redundancia.

    Y ahora, a caminar.

  • Alfaraz 20/09/2013en5:28

    ¡Ah, tarde te encontré! y un sevidor esperando confiado en que le siguieran llegando las actualizaciones como hasta ahora. Y desconfiando de la demora.

    Y aquí he recordado Trieste, que cada ejemplar de la colección es una declaración de principios.

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