[Publicado en chopsuey.es]

 

«Aubervilliers, quince años después del desastre. Exterior, noche. Un viejo edificio de cuatro pisos, perdido en medio de un enorme descampado. En el horizonte, bajo un cielo deslumbrante, la silueta de una ciudad dormida. En la planta baja del edificio, una carnicería. La persiana de metal ha caído. Un viejo letrero de “Delicatessen” chirría movido por el viento. En los pisos de arriba, una ventana iluminada. Unos golpes resuenan en la noche».

Quedamos transidos por la sobriedad de esta acotación, la inicial del guion de Delicatessen. Y transidos quedaremos con la potencia visual de su puesta en escena, suspendido el ánimo durante toda la película por la inventiva de sus creadores, Jean-Pierre Jeunet y Marc Caro.

El crítico del New Yorker Magazine se preguntaba, en su reseña sobre la película, por qué los directores de cine encontraban tan divertido el canibalismo. Hacía referencia a comedias negras como Eating Raoul (1982) o Consuming Passions (1988), aunque reconocía la habilidad de Jeunette y Caro para superar los chistes de sal gorda sobre el canibalismo de ambas películas ochenteras y hacer de la suya una «dulce comedia sobre la crueldad». Critiquemos la crítica: Delicatessen es algo más que una comedia, y por supuesto mucho más que una dulce comedia, y añadamos que su intención supera con creces la reflexión sobre la crueldad. De hecho, ni siquiera es una película sobre el canibalismo, aunque sea este el núcleo sobre el que pivotan los sucesos que la nutren y los personajes que la animan.

Quizá sea conveniente desmigar la trama, mas sin riesgo de destripar la película para un futuro espectador que no la conozca, pues su siniestra fantasía conceptual supera las sorpresas que acaso jalonen el hilo narrativo:

Un escenario de devastación y apocalipsis. Un hombre llega. Lo ha traido un anuncio de trabajo. Ha de ocuparse de las chapuzas propias de un edificio antiguo. Su predecesor ha sido, ya, hecho picadillo y vendido en la carnicería en paquetitos. Compran los vecinos —variopintos, heteróclitos— como si fuera el salchichón de la merienda o la carne picada para el steak tartar. Hay que sobrevivir. La hija del carnicero se enamora del recién llegado, que aúna en su persona el encanto de la ingenuidad con la gracia de su anterior trabajo como payaso en un circo. Para salvarlo de la voraz costumbre de los convecinos y de las habilidades chacineras de su padre, la hija del carnicero acude a los «Trogloditas», unos insurgentes vegetarianos que habitan el subsuelo.

Todos y cada uno de los vecinos de la comunidad jifera dan pie a situaciones grotescas y divertidas, a la manera de una astracanada chaplinesca. Fijemos nuestra atención en la Sra. Interligator, verbigracia. Ha sucumbido a la máxima decepción. Arrasada espiritualmente, quiere darse muerte. Lo intenta por todos los medios. Todos. Porque todos le fallan, rocambolescos como son a la manera de Rube Goldberg o del profesor Franz de Copenhage. Fijemos nuestra atención en Marcel Tapioca, que repara sus profilácticos con parches para los pneumáticos de la bicicleta. Fijemos nuestra atención en los hermanos Kube, que en el sótano ajustan cajas sonoras para muñecas con pasión y precisión menestrales. Fijemos nuestra atención, en fin, en los personajes menores: el el Sr. Potin, interpretado por Howard Vernon —característico de las películas de Jesús Franco, también el imperturbable e inquietante nazi de Le Silence de la mer— o el motorista que rompe un espejo con un esputo hipercinético. Todos ellos darán pie a situaciones fabulosas. Cerremos los ojos y rememoremos una inolvidable. Movidos por la batuta invisible del ritmo de una fornicación, la del carnicero y su amante, que hacen rechinar el lecho donde cohabitan, el recién llegado pinta un techo, al que llega tras sujetar a la pared los tirantes y cuya elasticidad aprovecha para dotar de vaivén a su labor; los hermanos Kube giran y regiran las cajas sonoras que mugen, y contrastan el sonido con un diapasón;  el Sr. Tapioca infla e infla la rueda de la bicicleta… Todos ellos se adecúan al son que imprime la coyunda, cada vez más rápida, cada vez más urgente hasta el clímax último: la cara repulsiva del carnicero al conseguir su orgasmo, la explosión de la cámara de la bicicleta, la caída del pintor tras no resistir sus tirantes el último embate…

Mas la película alberga en su seno íntimo, en la providencia que le fue insuflada por sus creadores, algo más que las hechuras de un cómic, algo más que la sucesión de astracanadas, algo más que el pintoresquismo de sus personajes, algo más que la desmitificación del tabú del canibalismo.

Hay una profesora. Se llama Joyce Janca-Aji. Escribió una de las colaboraciones del libro Religion and science fiction y la tituló «The Dark Dreamlife of Postmodern Theology: Delicatessen, The City of Lost Children, and Alien Resurrection»: «En Delicatessen, ambientada en torno a un holocausto natural innominado, la vida de los residentes de un edificio de apartamentos gira en torno al sacrificio «comunal» de un antiguo artista de circo/empleado, Louison, cuyas palabras sobre el perdón se hacen eco de las de Cristo. Sin embargo, el cordero sacrificial no sólo no muere, sino que escapa al provocar un diluvio que se lleva a la muchedumbre hambrienta como el ejército del Faraón. Después de que el carnicero que es llamado a realizar el sacrificio de Louison (recordando a Abraham e Issac) muera por su propia mano, Louison y la hija del carnicero se liberan al sentarse entre las nubes tocando música, reclamando un pequeño pedazo de cielo para ellos en el fin del mundo».

Leamos con la gravedad que la ambición de la autora nos imprime. Sí, consideramos acertado su paralelismo, la visión de Delicatessen como una historia bíblica reformulada a la manera postmoderna. Sigamos leyendo, veamos cómo describe a los «Trogloditas», a los opositores, a los clandestinos, a ese remedo de resistentes tan bien vistos en Francia: « Adoptando una existencia más anfibia, los trogloditas pueden ser vistos como un intento de regresar a un mundo pre-mamífero, pre-humano y por lo tanto pre-edénico en el proceso de creación, no contaminado por el tiempo, la humanidad, el apocalipsis y la comunión caníbal. Sin embargo, como para burlarse de ciertos aspectos del misticismo de la Nueva Era y de la política/espiritualidad verde, estos hombres en trajes de neopreno son ridículamente prepúberes en su idealismo: desde el apretón de manos secreto y la disciplina cuasi militar hasta su miedo a ser presas vivas, desde su total ineptitud para llevar a cabo el plan de salvar a Louison hasta la incapacidad de algunos de sus miembros para discernir el sexo de una mujer bastante voluptuosa».

Acatemos la verdad que surge de entre la imperiosa concupiscencia conceptual de Joyce Janca-Aji: en Delicatessen los buenos, quienes se rebelan contra la justificación de los medios para alcanzar un fin —la supervivencia en este caso—, son ingenuos y hasta ridículos, sin que ello presuponga la pérdida de su genialidad. Son niños. Fueron niños. Siguen siendo niños.

Concedamos que la fascinación que nos produce la atmósfera de la película, la magia que surge de sus personajes, es una fascinación puramente infantil. Concedamos que esa misma fascinación infantil es la que nos hace caer rendidos ante el despliegue de gadgets, archiperres y bibelots que hace Louison, el hombre que llega, el recién llegado, el cordero sacrificial que huye de su destino.

Hay un profesor. Se llama Christian Thorne. Escribió un artículo, «The Revolutionary Energy of the Outmoded», donde habla de Delicatessen como de un apocalipsis retro en el que la potencia de su puesta en escena está directamente relacionada con el despliegue de cachivaches que muestra la película. Se fija Thorne en los hermanos Kube y en su pasión artesanal al crear las cajas sonoras de las muñecas: «Y en esa imagen de su cuidado, del orgullo de los trabajadores, yace una de las grandes fantasías de la cultura retro: lo Retro se distingue de la calidad más o menos folklórica de la mayoría de las tradiciones nacionales en el sentido de que eleva a la categoría de costumbre las mercancías de las tempranas botellas de Coca-Cola producidas antiguamente en cadena, o los automóviles de época, y lo hace impregnándolas de cualidades artesanales, de modo que, en una extraña inversión histórica, las primeras líneas de ensamblaje industrial llegan a parecer el emblema mismo de la artesanía. Retro es el proceso por el cual las baratijas producidas en masa pueden ser reinventadas como “patrimonio”».

Apartemos por un momento lo que acude  a nuestra mente al leer a estos profesores. No caigamos en la envidia por cómo logran transformar su entusiasmo intelectual en palabras que les dan de comer sin necesidad de recurrir a la caridad o al canibalismo. Centrémonos en su esencia, y es que como dice posteriormente, si el espectador es capaz de olvidar que unos humanos se comen a otros en un escenario devastador es gracias a la fuerza de lo retro, a la capacidad que tienen de fascinarnos los cachivaches, los bibelots, los gadgets, los chismes, los cacharros, los trastos, los archiperres. Y Delicatessen es, en ese sentido, un paraíso, y así nos vemos obligados a concederlo.

Hay una profesora. Se llama Kyri Watson Claflin. Ha escrito un ensayo publicado en el libro Reel food: essays on food and film. Lo ha titulado «Jean-Pierre Jeunet and Marc Caro’s Delicatessen» y la floritura y el jeribeque está en el subtítulo: «An Ambiguous Memory, an Ambivalent Meal», pero el texto es llano, nutrido de informaciones, serio y entretenido, y muestra la película como un cuento de hadas cuya obsesión por la comida es la propia de la Francia ocupada durante el nazismo. Si hablábamos de los «trogloditas» como remedo de los resistentes, Kyri Watson Claflin nos amplía la nómina: rebeldes ante el sistema caníbal son también la pareja protagonista, Louison y la hija del carnicero —digámoslo ya: se llama Julie—, así como el Sr. Potin, que no comparte la dieta de sus convecinos y que resiste viviendo entre ranas y caracoles, «los oscuros secretos del inconsciente», como se atreverá a decir Elizabeth Ezra —Elizabeth Ezra es una profesora; Elizabeth Ezra es otra profesora.

Aclaremos algo fundamental: Kyri Watson Claflin y Christian Thorne coinciden en el uso del canibalismo en la película como metáfora del apetito humano por algo más que la comida: consumismo, poder, pasiones… la voracidad malvada del hombre puede llevarle a fagocitar a sus semejantes y a fagocitarse a sí mismo. Es una lectura simple, pero alcemos nuestra voz para demostrar su acierto.

Hay una profesora. Se llama Justyna Galant y ha escrito el décimo capítulo del libro Expanding the Gothic canon. Lo ha titulado «In the Bowels of a Gothic Microverse: Delicatessen as a Semiotic Palimpsest» y es un meritorio intento de explicar la película desde el punto de vista semiótico y cómo es posible que aceptemos con naturalidad el mercadeo de carne humana: «De hecho, la resemantización de ciertos signos familiares del viejo mundo es minimizada para reducir el trauma de la existencia en el nuevo sistema. Se minimiza la diferencia entre comprar carne animal y carne humana, y se evita cuidadosamente el hecho de que los recién llegados se transformen de personas con una función social a carne divisible y luego a sustancias nutritivas. Cuando “Delicatessen” ofrece nuevas existencias, los residentes hacen cola para su turno: los únicos elementos desconcertantes de esta imagen son sus caras uniformemente agrias».

Nos conviene, a estas alturas, una recapitulación. Delicatessen es una obra de gran potencia visual que trata de manera cómica la lucha de algunos personajes por no caer en el canibalismo normalizado en una sociedad apocalíptica. Sus creadores han conseguido que el tabú del hombre como producto de consumo para el hombre se convierta en un chiste, en algo accesorio en una historia que nos cautiva por la bondad y la ingenuidad de sus protagonistas, que nos fascina por la sucesión de escenas donde lo grotesco troca en maravilla circense y por ese mundo retro que nos deslumbra con sus muñequitos de hojalata que se mueven dándoles cuerda, por sus fotografías antiguas y sus sierras musicales. No nos aterra el sonido del cuchillo al ser afilado, no imaginamos las piernas despiezadas, las carnes trituradas, en absoluto nos asquean los paquetitos que compran los convecinos. Solo hay un instante de la película donde el espectador repugnará. Avancémoslo. Concluyamos con el asco. Barramos la melosidad de Delicatessen con el instante máximo del horror. Seamos groseros. Situemos al lector en las escenas finales. La historia deriva, nos lo ha dicho Joyce Janca-Aji —es profesora, sabe de lo que habla— en un diluvio que ha de barrer el mal. Un diluvio purificador. Hay un edificio que se inunda. Hay un sótano mojado. En el sótano vive encerrado el Sr. Potin, aislado de la sociedad caníbal. El Sr. Poitin es un viejo. El Sr. Potin es un viejo descuidado. Rodeado de ranas y de caracoles. El Sr. Potin tiene ojos de lunático. El Sr. Potin asiste atónico al diluvio. El Sr. Potin toma en sus manos un caracol enorme. El Sr. Potin lo sorbe con esmero. El Sr. Potin se alimenta.

 

Ayuda bibliográfica

Adrien, Gilles ; Jeunet, Jean-Pierre ; Caro, Marc. Delicatessen: scénario. La Madeleine: LettMotif, 2013.

Claflin, Kyri Watson. «Jean-Pierre Jeunet and Marc Caro’s Delicatessen: an ambiguous memory, an ambivalent meal», EN Reel food : essays on food and film. Ed. by Anne L. Bower. New York : Routledge, 2004, p. 235-249.

Ezra, Elizabeth. Jean Pierre Jeunet. Urbana ; Chicago: University of Illinois Press, 2008.

Galant, Justyna. «In the Bowels of a Gothic Microverse: Delicatessen as a Semiotic Palimpsest», EN Expanding the Gothic Canon Studies in Literature, Film and New Media. Ed. by Anna Kędra-Kardela and Andrzej Sławomir Kowalczyk. Frankfurt am Main: Lang, 2014, p. 219-230.

Janca-Aji, Joyce. «The Dark Dreamlife of Postmodern Theology: Delicatessen, The City of Lost Children, and Alien Resurrection», EN Religion and science fiction. Ed. by James F. McGrath. Eugene: Wipf & Stock, 2011, p. 9-31.

Powers, John. «Food for thought», EN New York Magazine, 13/4/1992, p. 66.

Thorne, Christian. «The Revolutionary Energy of the Outmoded», EN October, Vol. 104 (Spring, 2003), p. 97-114