Javier Barreiro
Alcohol y Literatura
Palencia, Menoscuarto, 2017
280 pp. 17,90 €

Azorín defendió el ocio como herramienta propicia para la inspiración. Un ocio tranquilo, es cierto, consistente en no hacer nada más que sentarse en el banco de un parque a observar lo que ocurre alrededor. Las páginas no suelen escribirse de manera súbita, nada más plantarse uno ante el papel o la pantalla. Antes de que el negro se pose sobre el blanco, las ideas se entretejen en la mente mientras el escritor hace su vida, mientras reposa o mientras bebe. Es cierto que algunos de los dipsómanos que nos trae Javier Barreiro en este compendio escribían bajo los efectos más profundos del alcohol, pero el alcohol era también la lente con que veían el mundo que iban a contar. Es indudable que la vida alcohólica de todos ellos les sirvió para encontrar no sólo inspiración y sugestiones, como Azorín en los bancos de los parques, sino también una manera de forjarse la experiencia. Y la experiencia es la fuente de la que mana la literatura. Incluso en este libro, porque Barreiro se confiesa bebedor. Sin la experiencia propiciada por el alcohol, quizá podría haber escrito estas páginas minuciosamente documentadas, pero sin poner en ellas el entusiasmo y la diversión que logra transmitir a quien las lee.

Este libro es como un bar transnacional e intemporal donde se dan cita toda suerte de intoxicados. El índice onomástico intimida tanto como la primera imagen que surge tras correrse el telón: Knut Hamsun recogiendo borracho perdido el premio Nobel. Al poco ya se capta el tono del libro, cuando Barreiro avisa de que la nómina que sigue durante casi doscientas cincuenta páginas no tiene ni carácter acusatorio ni exculpatorio, sino meramente notarial. Encontraremos un breve resumen de la historia de la bebida y la relación de los hombres de letras con las bebidas fermentadas y las destiladas, para luego, capítulo a capítulo, ahondar en los hombres y sus pasiones etílicas sin necesidad de juzgar a nadie.

Lo curioso de este libro tiene que ver, fuera del interés lúdico del tema, con la capacidad que tiene Barreiro para que la erudición no lastre su capacidad narrativa. Ha publicado varios libros de poesía y a principios de los años ochenta escribió cuentos que le valieron algunos premios. Uno de los cuentos lleva por título «Establecimiento de bebidas»; ya apuntaba maneras. Pero a esto se reduce su lírica y su ficción. El resto de su obra la componen centenares de artículos y varias decenas de ensayos misceláneos dedicados a la literatura, la biografía y una de sus grandes pasiones: la música popular. Es un fino especialista en tango, copla o jota. Barreiro es uno de esos hombres que cumplen con su afán de cada día de manera metódica y callada, capaz de compilar una obra fabulosa, el Diccionario de autores aragoneses contemporáneos (1885-2005), con más de mil seiscientas entradas acompañadas de los títulos escritos por los autores y de la bibliografía particular sobre cada uno de ellos. El Diccionario es un ejemplo entre tantos de la encomiable labor intelectual de Barreiro. Como la que llevó a cabo en la revista El bosque, que dirigió junto a Ramón Acín. Tengo a mano el primer número, de 1992: incluye artículos sobre música, cine, arte, antropología o bibliofilia; también una fecunda entrevista de Barreiro con Agustín García Calvo, además de unos poemas de Juan Eduardo Cirlot y un cuento de Fernando Quiñones. Alegra ver cómo bulle ‒o bullía‒ el mundo cultural de provincias, tanto como abate saberlo arrinconado y fuera del foco madrileño.

La obra de Barreiro hubiese sido imposible sin su rigor y su competencia para el orden. No se le escapa un dato, que recoge y almacena con método y disciplina. Y también es lector: su erudición y su ánimo indagatorio le nace de las lecturas, y aunque su obra narrativa sea remota y escasa, tiene genio y talento para contar con gracia. Respecto a este libro: lo que, en manos menos inspiradas, hubiese sido una relación monótona y grave de biografías salpicadas de francachelas, cientos de notas a pie de página y profusión de citas y de datos, se convierte en el libro de Barreiro en una fabulosa charla de taberna, sin que el rigor bibliográfico entorpezca la historia, a la que sólo porque es cierta, veraz y contrastada no puede llamársela cuento.

Se suceden las anécdotas, contadas con picardía y un punto irónico, sobre los bohemios españoles y sus adláteres: Pedro Luis de Gálvez, Alejandro Sawa, José Gutiérrez Solana, Manuel Machado; les siguen los escritores de la posguerra y «el desencanto», entre los que aparece Juan Benet, comentando en una entrevista televisiva: «No sé si me sirvo del alcohol para escribir, o si me sirvo de escribir para beber. Es un mecanismo casi pavloviano. Puedo beber sin escribir, pero no puedo escribir sin beber. No vale lo que he escrito en estado de exaltación a través de alguna droga. A la mañana siguiente lo tiro». De creer a Benet, escribía borracho y lo escrito le valía, aunque no precisa si bebía de manera exaltada o controlada, con el grado ajustado para que la velocidad de sus ideas, regulada por el alcohol, se adaptara al ritmo de su escritura. Las copas de más distorsionan el trazo de la pluma o el bolígrafo, y en una máquina de escribir o en un ordenador se confunden las teclas. En cualquier caso, no creo que Benet escribiera siempre bebido. Más bien, pienso que, como bebedor social, hombre de tertulia, se valía de la desinhibición alcohólica para hacer acopio de ideas y experiencias, como he comentado al principio. Reconozco que es un argumento especulativo, pero esa es otra de las gracias de este libro, que permite la divagación sobre cualquier carta que Barreiro ponga sobre la mesa.

Tras los capítulos de los españoles, llegan los hispanoamericanos de la mano de un abstemio, Joaquín Castellanos, víctima del equívoco al que dio lugar su poema «El borracho». Tras él, Rubén Darío, el Dr. Atl, Jorge Ibargüengoitia, Julio Ramón Ribeyro y otra pléyade de conocidos, y no tanto, que usaron y abusaron del vino y de lo que se les pusiera por delante. Aunque sé que el alcance de estas páginas no es exhaustivo, he echado de menos a mi alcohólico mexicano más querido, Rubén Salazar Mallén, polémico y agitador, gran maestro según recuerdan sus discentes, echado a la vida perdularia y solitario ante todo. Continúa Barreiro con los norteamericanos, donde aparece Raymond Carver, alcohólico que, tras verle los cuernos al diablo del delirio, dejó de beber el 2 de junio de 1977 para dedicarse por entero a escribir su obra, poblada de borrachos y desesperanzados. En este capítulo comienzan a hacerse más visibles las mujeres (aunque, entre las españolas, Barreiro ya había puesto en su sitio a Ana María Matute): Dorothy Parker, Edna St. Vincent Millay y, por supuesto, la magistral Carson McCullers, quien, al igual que Benet, escribía con varios tragos como gasolina para alimentar su motor creativo. En el capítulo dedicado a la novela negra y el cine, aparecen el Simenon que se levantaba temprano y escribía hasta las seis apretándose dos botellas (imagino que de vino), Dashiell Hammett y Raymond Chandler, John Houston y Montgomery Clift. Barreiro se recrea especialmente con Lupe Vélez y su relación sadomasoquista con Johnny Weissmüller.

En el capítulo siguiente, un salto transatlántico nos lleva a Europa y a Joseph Roth y Jaroslav Hašek. De éste comenta su desternillante novela Aventuras del valeroso soldado Švejk, pero de Roth no cita obra alguna, y es una pena, porque creo que toda ella en su conjunto es uno de los monumentos literarios que atesoramos en Europa. Tras los europeos continentales, cuya taxonomía incluye nombres poco conocidos y biografías verdaderamente curiosas, Barreiro nos abre la puerta de los británicos, con el excelso Anthony Burgess a la cabeza, entreverándose en el capítulo los clásicos con otros autores no tan célebres. Tras el recuento nacional, y antes del capítulo final dedicado a un puñado de curiosidades, que cierra el libro a modo de los fuegos artificiales que se amontonan en el cielo para terminar las fiestas del pueblo, Barreiro dedica unas páginas al templo por antonomasia de los latrolítricos (es la palabra que usa el autor para hablar de los borrachos): la taberna. Así, nos habla de un título de Benjamín Jarnés poco habitual en los catálogos, La taberna por vecina, y de otro más conocido ‒y reeditado no hace muchos años en español‒ de G. K. Chesterton, La taberna errante. Pero, más que hilar historias, se detiene aquí Barreiro para darnos su visión personal de la importancia de bares y tabernas, de su función social y de cómo es el espacio idóneo para que la intimidad se diluya entre las ansias de compañía de los parroquianos. Aprovecha para listar tabernas de toda España, homenajeando especialmente a su ciudad, Zaragoza, y para recomendar un nuevo título, Libro de las tabernas de España, de Luis Romero.

Todos beben, todos bebemos, o hemos bebido, como ya cantaban los goliardos en sus canciones de taberna, las potatoria. La más conocida, quizá, sea la de los Carmina BuranaIn taberna quando sumus (Cuando estamos en la taberna), que habla de la despreocupación ante la muerte y las suertes de la vida, hermanados todos en el mismo lugar rindiendo culto a Baco. Apabulla el caudal de hombres geniales que crearon con ayuda del alcohol, pero causa cierta pesadumbre el final de muchos de ellos. Se redimen por sus obras, es cierto, pero bajo esos miles de páginas quedan ocultos otros escritores que no lograron exprimir su genio, masacrados por las lacras de la bebida. Quedarían representados por la ilustración de la cubierta, una obra de Teodoro Miciano oportunamente sacada del libro Miserias del alcoholismo. Las greñas, la piel reseca y los ojos turbios frente a una botella de caña donde reposa, en el fondo, una calavera.

[Publicado en Revista de libros]