Hemos escrito para Revista de libros la reseña de Un viaje por los extremos: Eugenio d’Ors en la crisis del liberalismo, de Maximiliano Fuentes Codera. Es un libro apreciable y así lo hacemos constar en un texto breve en el que resumimos sus puntos más destacables. Parece que nuestra reseña no ha gustado a un profesor, un González Cuevas. Nos llama ignorantes. Ignorantes en lo que al tema respecta. Ignorantes de la escritura de una crítica.

El profesor no nos adoctrina: seguimos siendo ignorantes de los motivos por los cuales somos ignorantes. Lo decimos con grave pesadumbre, con culpabilidad discente, con la cabeza gacha, con espíritu neardenthal, con conciencia de nuestra barbarie.

Nuestra ignorancia, agazapada en su covachuela, no verá jamás la luz de la sabiduría que goza González Cuevas. Al ludibrio de nuestra ignorancia oceánica añade Cuevas la que profesamos por la estética del franquismo. Y aquí, González Cuevas, sí pretende aleccionarnos para que abandonemos nuestra vida cavernícola: ni el Ministerio del Aire ni la Universidad Laboral de Gijón pueden considerarse de estética cochambrosa.

Proclamamos nuestro estupor. Con calma, serenos, diríamos que incluso circunspectos. Nos hallamos ante un profesor. Nos hallamos ante otro profesor. Nos hallamos ante un profesor González Cuevas. El profesor reduce la estética de una dictadura a dos edificios arquitectónicos. El profesor reduce.

Creemos necesario y aclaratorio —aún diríamos más: aclarativo— reconocer que la estética de las dictaduras nos parece pura cochambre.

Respondamos al sobresalto. La estética hitleriana, la de Speer y Riefenstahl —sí: hay estética más allá de la arquitectura— es magnificente. La estética hitleriana, la de Speer y Riefenstahl —sí: hay estética más allá de la arquitectura— es munificente. Pero la estética hitleriana, la de Adolfo Hítler, es cochambrosa. La gesticulación, el bigote, el flequillo, los hombres que componían sus unidades más criminales y cuya cochambre describió con genial perspicacia Joseph Roth —¡qué libro, La tela de araña, qué libro, qué descripción más demoledora y terminal de la cochambre!—

Se deduce que la estética hitleriana, la de Speer y Riefenstahl —sí: hay estética más allá de la arquitectura—, no es más que un disfraz, el disfraz de la cochambre.

Hay cochambre también en la estética del Duce, en la estética de Mussolini, en la estética de Benito, en la estética de la dictadura ítala, pese a los cuadros y esculturas de Sironi  —sí: hay estética más allá de la arquitectura—, pese al grito vanguardista de los futuristas que lo anticiparon.

Hay cochambre también en la estética de Stalin, en las orgías de su camarilla más cercana, en su brutalidad, en sus enloquecidas acotaciones —«¡Dile a la “fuente” infiltrada en el Estado Mayor de las Fuerzas Aéreas alemanas que le den por culo a su puta madre!», tal fue la respuesta de Stalin a Rem Merkulov cuando informó de la inminencia del ataque de Alemania a la Unión Soviética—. Mas la estética estalinista, la estética comunista, nada tiene que envidiar a la del Ministerio del Aire ni a la de la Universidad Laboral de Gijón.

Moscú-Gijón, la filástica de la estética las une.

Qué decir de la cochambre franquista, de la cochambre de un caudillo que no era más que un asesino con forma de botijo. Preguntémonos: de su bigote y su culo plano a las heces en forma de melena, ¿no hay acaso más que cochambre y sangre y crímenes y falta de libertad?

Abramos la boca, en sincero pasmo, ante el Ministerio del Aire. Abramos la boca, en sentido sobrecogimiento, ante la Universidad Laboral de Gijón. Abramos la boca, en definitiva y en noble estupefacción, ante la literatura de los intelectuales franquistas. Pero no olvidemos nunca que los leggins de chauffeur de Eugenio d’Ors en Pamplona son cochambre.

Mas reconozcamos algo: los leggins de chauffeur son cochambre y cochambre es el bigote del botijiforme, cochambre también el palio bajo el que se refugiaba, cochambre el brazo incorrupto de santa Teresa, cochambre sus curas que amenazaban con el infierno de pelos en las manos para los masturbadores y las masturbatrices, cochambre sus comisarías y templos de tortura. Mas toda la cochambre unida y acumulada y amontonada en algarabía de cochambre, pequeña se queda ante la cochambre que supone la defensa de la cochambre en pleno 2018.