Publicado en Revista de libros.

José Esteban
Diccionario de la bohemia. De Bécquer a Max Estrella (1854-1920)
Sevilla, Renacimiento, 2017
636 pp. 23,90 €

Hay una manera muy entretenida de leer un libro y es hacerlo a saltos, de forma desordenada, y curiosamente el tipo de libro que lo permite es el más ordenado de todos: el diccionario. Se han editado en poco tiempo, además de este sobre la bohemia española, dos muy sugerentes: Te voy a hacer una autocrítica, de Perroantonio, y Diccionario enciclopédico de la vieja escuela, de Javier Pérez Andújar. No necesitan una lectura reposada, basta ir de una entrada a otra, como si fueran aforismos, pero reunidos en torno a un tema concreto: irónico, inteligente y bienhumorado el de Perroantonio, melancólico y biográfico el de Pérez Andújar. Las entradas de este tipo de diccionarios vendrían a ser lo que una jaculatoria al Credo. Así ocurre con esta obra de José Esteban, con la que podemos hacernos una idea de lo que fue la bohemia española, una idea compuesta a pedazos, construida como quien monta un puzle, aunque en éste cada una de las piezas tiene un significado en sí mismo.

La bohemia española fue un reflejo de la francesa de la primera mitad del siglo XIX, la que plasmó Henri Murger en su Escenas de la vida bohemia, de la que dice que existió desde tiempos inmemoriales, porque siempre hubo literatos limosneros, aquellos que vivían del óbolo y su pasión era tañer la lira. España ponía su mirada en Francia y copiaba la cultura donde maridaban la mugre y el verso en el Barrio Latino, trasladando aquel escenario a Madrid. Porque la bohemia española es esencialmente madrileña y no se entiende sin esa ciudad y sus calles, sus tabernas, sus cafés y sus esquinas.

En 1860, Madrid contaba con casi trescientos mil habitantes. Recordemos que París, en ese año, se expandió incorporando numerosas villas colindantes, por lo que su población aumentó hasta cerca del millón y medio de almas. Solo cuarenta años después Madrid alcanzó el medio millón, lo que da idea de su desarrollo urbano y lo que ello comporta. Simplifico un resumen: la ampliación de una red de transportes que permitía la fácil conexión entre el centro y la periferia; y, por supuesto, una descomunal oferta de ocio, ligada, entre otras muchas cosas, a una cuestión de carácter social, como era la progresiva reducción de la jornada laboral, que permitía que los obreros, y no sólo los comerciantes y los funcionarios, tuvieran acceso a los teatros y a los espectáculos de variedades. Paralelamente, la industria editorial puso en marcha un gran número de colecciones de literatura popular, como El Cuento Semanal, iniciada en 1907, Los Contemporáneos (1909), El Libro Popular y La Novela de Bolsillo (1913) o La Novela Corta (1916). Por otro lado, la prensa incluía en sus páginas cuentos y poemas de todo tipo y condición.

Esa bohemia perpetua a la que se refería Murger impide poner cotos cronológicos exactos, pero José Esteban los ha establecido con un criterio muy concreto y admisible: 1854, año de la llegada a Madrid de Gustavo Adolfo Bécquer, y 1920, año de publicación de Luces de bohemia, de Ramón María del Valle-Inclán, la obra que se hizo clásica con unos personajes que fracasaron juntando letras. Quizá sea pertinente preguntarse por el interés que puedan suscitar unos literatos menores, muchos de ellos con obra volandera y desvanecida con el tiempo con razón y con razones relacionadas con su calidad. Pero el interés por la bohemia española se comprende al tener en cuenta que forma parte, quizá residual, pero, en todo caso, evidente, de la Edad de Plata de nuestra literatura, y que sin la figura y la obra de los bohemios es muy difícil entender muchas páginas de Baroja, Azorín o Valle-Inclán, y de mucha narrativa de posguerra, con Cela a la cabeza. Miguel Sánchez-Ostiz calificó a los bohemios de «gentes espantosas (y peores escritores) que poblaban los cafés, las casas de huéspedes, las aceras heladas, las corralas y tabernones del Madrid de la lucha por la vida y aledaños». Creo que tiene razón. Los bohemios tenían «odios violentos y cóleras feroces», como recordaba Baroja, y quienes dejaron testimonio de ellos, como Cansinos Assens, descubren un mundo plagado de envidias, sablazos y cuchilladas por la espalda. En general, fueron literatos mediocres, aunque más de uno merezca una atención más detallada y entusiasta. Pero, por encima de todo, la bohemia fue un tema, un ambiente y una pasión. Y como tal forma parte de nuestro legado literario.

José Esteban es, junto a Andrés Trapiello o Javier Barreiro, uno de los conocedores más profundos de esta literatura. Dirige la Biblioteca de Rescate, una colección de la editorial Renacimiento que hace honor a su nombre: el rescate de autores náufragos que corren el peligro de ser olvidados; además de numerosas publicaciones sobre literatura y folclore, se hizo cargo del prólogo o la edición de algunas obras, entre las que destaco tres de Ciro Bayo: El lazarillo español (Cátedra), El peregrino entretenido (Renacimiento) y Las grandes cacerías americanas (Reino de Cordelia). También dirigió la Biblioteca de la bohemia, con cinco ejemplares de referencia para quien quiera ahondar en ella.

En este diccionario ha utilizado casi trescientas cincuenta entradas con el fin de sistematizar su conocimiento sobre la bohemia, según él mismo explica. En mi opinión, no logra su objetivo, porque, aunque el diccionario es un libro estrictamente ordenado, su orden no tiene por qué ser solamente alfabético. En este hay entradas que remiten a autores bohemios, autores que se han interesado por ellos, estudiosos del tema, títulos sueltos de artículos, libros o revistas, cafés y temas relacionados. Incluso se permite algunas entradas misceláneas, «Otros bohemios olvidados» y «Aquellos bohemios del Café Gijón», con nombres que bien podrían haber tenido su espacio propio entre los Alejandro Sawa, Emilio Carrere, Pedro Luis de Gálvez o Alfonso Vidal y Planas. Para sistematizar el mundo de la golfemia habría sido necesario crear en este salón varias habitaciones para cada asunto. El índice final, muy bien creado, bastaría para buscar alfabéticamente. También se echa de menos una recopilación bibliográfica con todos los títulos de referencia citados.

En cualquier caso, esta falta de estructura importa poco para el lector que quiera moverse por el libro con ánimo curioso, sin necesidad de ser exhaustivo, más atento a la anécdota llamativa, a la excentricidad de este o aquel; como tampoco importa para quien haya indagado de forma superficial en esa época y quiera descubrir nuevos autores o títulos de referencia.

Entre los autores, encontramos a los clásicos, desde Sawa a Carrere, pasando por Armando Buscarini o el desmesurado Vidal y Planas, pero también otros más arrumbados como Alfonso Segundo Uriarte de Pujana. Según Francisco Guillén Salaya, Uriarte de Pujana era abogado, poeta y mendigo, y con él se concreta lo que luce en torno a los bohemios: nos interesan menos sus obras que sus vidas. La de este Uriarte debió de ser formidable en cuanto a anécdotas. Se dejó su ingenio y sus ingresos estudiando el cálculo de posibilidades para ganar a la ruleta. César González-Ruano fue con él inmisericorde: «“mirlo de la noche”, caballero de la magia y la ruleta, cuyo secreto conoce y en la que pierde siempre» («Emilio Carrere y los fantasmas del 900», Heraldo de Madrid, 9 de octubre de 1930). Uriarte pedía limosna, no tenía dónde dormir y fue autor del libreto de una comedia musical que pateó él mismo en su estreno mientras gritaba que era mala y una cosa idiota.

No estoy seguro de que se llamara en realidad Alfonso, porque en otras fuentes lo he visto como Ildelfonso. Nacido en torno a 1883, habría sido rechazada su solicitud de ingreso en una logia masónica (Boletín oficial del Gran Oriente Español, 16 de julio de 1909). Aunque Esteban dice que de él hablan Francisco Guillén Salaya, Antonio Espina y Rafael Cansinos Assens, Emilio Carrere le dedicó todo un capítulo en El encanto de la bohemia (el mismo texto fue publicado en un número de la colección Los Contemporáneos). Tampoco habla Esteban de publicación alguna, pero parece que Uriarte de Pujana escribió algunas novelas cortas que fueron motivo de atención, no tanto por su gramática como por su contenido. Fue denunciado por escándalo público en numerosas ocasiones a principios de los años treinta, tras la publicación de numerosos libros, alguno de los cuales escribió con el pseudónimo de Purificación Sevilla, que integraban las colecciones Fru-frú, Picardías, Pasional y La Novela Sugestiva, de las que fue director. El catálogo es el siguiente: Margot la iniciadora, El sueño de la Patro, El grito del jardín, Carmita presta a Raúl, ¡Cuántas calentitas, cuántas!, Lecciones de mal amor, Pitusilla, Las confidencias de Teresa, Amor realista, La mujer de fuego, Una mujer de aúpa, Vamos, niña, Al ritmo de rumbaLucy la inocentísimaLa que quiso comprarme, Confidencias, La trompa del tapir, La encerronaLecciones de música, El ama de llaves, Locuras de juventud, Confesiones de una tanguista, La mujer fatal, Una aventura en África, Una noche movidita, Entre las pajas, Agustina, chica fina, El profesor de música, Aventura galante, Un marido hidalgo, Unas chicas libertinas, El baile caribeZizí hace locuras, El garaje de las delicias, Una golfa simpática, La suerte de Manolito, De cabrerita a condesa, El cercado ajeno, Invertidas, Aurorita y Lucía, La que odiaba a los hombres, Bobita, su mamá y su abuela, El mal amor de María Teresa, Sed de placer, Amor realista, Amiga de la infancia, La perfecta casada, La boda del Pendón, El matrimonio ideal, La lista completa, La virgen impura, Quince días de abstinencia, Tinita la caprichosa, Una criada para todo, El truco de Irma, Liliane tiene un amante, La señora de Cienfuegos, Odette la aviadora Sabino el adivino. La última noticia que tengo de Uriarte es que fue tesorero del Partido Republicano Federal en 1932.

Si soy prolijo en datos y títulos es porque esta información no he podido encontrarla en otro lugar y la creo inédita. Teniendo en cuenta que la entrada de Uriarte es de las más largas de este diccionario, equiparable a la de uno de los bohemios por excelencia, Alfonso Vidal y Planas, y que José Esteban ya había hablado del autor en otro libro ‒Los bohemios y sus anécdotas‒, entiendo que podía haber sido un poco más preciso a la hora de hablar de Uriarte de Pujana. Lo pongo como un ejemplo, porque es algo que se repite en otras entradas. Como he comentado, el orden alfabético no siempre es sinónimo de orden, y este diccionario tiene algo de cajón de sastre en el que todo cabe, que adolece de alguna omisión ‒faltan algunos de los cafés bohemios de Madrid, entre otras cosas‒ y que incluye pequeños errores, como este del nombre de Uriarte. Los defectos no son tan graves como para cuestionar la obra, pero sí excluye que sea esta un compendio sistemático, como pretende José Esteban en el prólogo. Al contrario, este Diccionario es ideal como introducción a la bohemia, y como manual de referencia para los interesados en la literatura de los siglos XIX y XX, porque permite el salto, el juego y el descubrimiento. Es la virtud que hay que sumar a la erudición de su autor y su gracia para buscar el dato anecdótico y divertido.

Leí con fruición y devoción Los nietos del Cid, de Andrés Trapiello, y Cruces de bohemia, de Javier Barreiro, además de otros libros y artículos con noticias de los bohemios españoles. Disfruto con la lectura de Pedro Luis de Gálvez, de Ciro Bayo y de Vidal y Planas, y por supuesto con las memorias de Rafael Cansinos Assens o de Ramón Gómez de la Serna, auténticos espíritus taxonómicos de aquel momento, por lo que ha sido una felicidad encontrar nuevos nombres, recordar otros olvidados y dejar que algunas entradas aviven el interés por aquellos iracundos desharrapados.

Por ejemplo, constatar que era un mundo de hombres, como dijo Baroja y recuerda José Esteban: «con la vida desordenada, el hombre puede perder algo; la mujer lo pierde todo. La mujer española no ha colaborado, ni colaborará jamás, en la bohemia, porque su idea de la familia, del hogar, del orden, se lo impide». Baroja añadía que entre los temas bohemios no había sitio para el amor o la mujer, pero no termino de estar del todo de acuerdo. No era difícil encontrar referencias misericordiosas a las mujeres truculentas, a las prostitutas y a las hembras menestrales. Había algo de idealismo y más de uno convirtió Aldonzas en Dulcineas.

También ha sido un descubrimiento el folleto Los hampones en la literatura, por un tal Chiquiznaque, en el que se hace un repaso feroz a la nómina de la cofradía de la pirueta, como Carrere llamó a estos escritores desastrados. Sobre su autoría, y con una selección antológica del folleto maledicente, puede leerse algo en Periodismo y bohemia (pp. 215 y ss.), la tesis de Miguel Ángel del Arco Bravo. Y, por supuesto, ha sido un placer la relectura del artículo «Los melenudos», de Miguel de Unamuno, donde se hace una despiadada autopsia de aquella marabunta de literatos llamados al fracaso. Les acusaba de falta de originalidad y de chispa, era extraordinariamente sarcástico con los temas idolatrados por los bohemios (la Verdad, la Belleza), y los asaeteaba tratándolos de impotentes (intelectuales). Pocas veces he leído algo donde se entreverara tan bien la rabia y el desdén. Les reprochaba que de vez en cuando se mostraran altaneros reclamando foco: «Entonces habría que cogerles, raparles las melenas, meterles en una prensa y enseñar al público que no dan más que un dedal de suero; el resto, materia leñosa».

La execración de la bohemia y los bohemios es un tema recurrente, y quizás uno de los textos más demoledores sea el de un escritor que la vivió y que supo salir de ella: Joaquín Dicenta. La editorial Renacimiento (cómo no) ha publicado las crónicas que Dicenta tituló Espumas y plomo.. La última, «Los bohemios», termina con una frase sentenciosa que pareciera un homenaje a Unamuno: «En una palabra: la bohemia de la impotencia». Dicenta, como cuenta Cansinos Assens, escapó de aquella banda tras el éxito de su obra teatral Juan José (1895). Dicenta no achaca su triunfo ni a la inspiración ni al capricho del público, sino al trabajo. Arguye lo que Torrente Ballester aprendió de Poe, que lo que uno inventa bajo el influjo de Dionisos tiene que trabajarlo bajo el influjo de Apolo: «olvidan que las luchas del arte requieren ser continuas para ser fecundas; se proclaman genios ante un inocente cónclave de amigos, y en calidad de tales se burlan de esos esfuerzos lentos y gloriosos que traen aparejada la victoria». La bohemia, decía Dicenta, hay que combatirla desde dentro; el bohemio ha de luchar contra ella y trabajar para aniquilarla. Es la gran lección de este Diccionario, pues el panorama que muestra puede ser divertido desde la distancia y tomado con la perspectiva del hoy, pero el trasfondo es siempre amargo, como el fracaso y el olvido de quien busca la gloria sin esfuerzo. En cualquier caso, y aunque fuera porque entre sables y pendencias dejaron algo de humor y de comicidad, merecen nuestra comprensión y nuestra misericordia.