Zambra y revuelo en la cacharrería del Gijón

29/11/2017

Fue una noche en la que bajé en moto a lo loco por la Castellana, con los gemelos por corbata y el ánimo encendido. Iba de paquete, que todo hay que decirlo. ¿A qué? A ver al amigo Petón, con la excusa de la presentación de una novela sobre Melchor Rodríguez. Fui con otro amigo, Fernando García, una de las bibliotecas más importantes en España sobre la guerra civil. Presentaba Petón a los autores de Os salvaré la vida, Joaquín Leguina y Rubén Burén, bisnieto de Rodríguez, y el aragonés hizo lo que le dio la santísima gana con nosotros. Llevaba a la concurrencia como quien sube un balón desde la medular regateando a su propia sombra y empalmando un cañardo que terminó con el esférico besando la red. Gol.

Melchor Rodríguez es conocido en este sitio, pero se le resume muy fácil para quien no sepa: como director de prisiones de Madrid paró las conocidas como «sacas de Paracuellos», lo que prueba que se podrían haber evitado de haberlo querido la autoridad competente. La novela está pensada para quien quiera hacerse una idea sencilla, sin grandes complejidades, del personaje y del momento. Y eso lo consigue. Parece que va bien de ventas y se espera que a mucha gente le suene lo fundamental del asunto.

Tras la presentación vino la cena. El bestia de Petón nos puso en pleno cogollo, con compañía principal. Noble gente de Huesca, y a mi lado un portero que lo fue del glorioso Atlético de Madrid. Ellas -que las tuve enfrente- además de nobles, de una belleza fina e intemporal. Leamos cualquier verso de los trovadores occitanos y las tendremos allí; también aparecieron en los sonetos de Garcilaso, bañadas por el Tajo, y en la mente de Cervantes cuando necesitó recrear a Dulcinea; dando un salto, están tomando copas en las páginas de Hammett enloqueciendo a algún oscuro detective. Y se mostrarán allí donde alguien escriba alguna página maestra que requiera, para serlo, de un punto de esplendor.

Si me pongo ahora así de pegajoso y de merengue, cualquiera puede imaginarse mi cara de bobo durante la cena. Afortunadamente, Fernando puso el toque español sobre los manteles y tuve que dedicarme a fintar y a fajar. «¡El pueblo es ignorante!», alborotaba señalándome, porque yo había preguntado qué coño es corvina. Porque un español, para serlo recta y buenamente, debe ser arrogante, arisco, tonante y pendenciero. Eso dice él. Y lo cumple con sorpresas a las veces, porque la arrogancia la gasta con fundamento. Se unió a la mesa un experto en política italiana que tuvo que tirar de google para corroborar datos que Fernando desgranaba con memoria y con razón. Cosas.

Tras la cena, la tertulia. Burén y Leguina respondieron cómo se escribe a cuatro manos. Hubo sentido del humor que no se quebró ante las punzadas de Fernando, porque no todo han de ser melismas. Y algo de lío al explicar eso del «anarquismo humanista», que no quedó bien definido. Creo que, por otro lado, erró mi amigo al decir que Melchor Rodríguez es alguien conocido. Lo es para cuatro enteradillos, pero no para la mayoría. Y casi me da un infarto cuando Burén explicó la historia de los cuadernos de Melchor, donde al parecer anotó punto por punto todos los crímenes, los criminales y las víctimas. Al socaire todavía de la novela, le dio intriga al discurso y yo creí -el pueblo es ignorante- que los había conseguido. No. Cabreo y desazón, os lo juro. No volváis a hacerme algo así. A mí se me ocurrió preguntar por las sombras de un personaje que le dio luz a la Historia (fui más prosaico, ya perdonarán que hoy ande con el espíritu esponjoso y naíf), porque algunos de quienes rodearon a Melchor no fueron trigo limpio, y yo siempre he sostenido que hay que contarlo todo. Para terminar, Leguina alabó a Negrín, y estuve a punto de preguntar cómo fueron las negociaciones en el PSOE para rehabilitarlo, y por qué junto a él se metió de rondón a Galarza, uno de los responsables directos de la represión en el Madrid republicano. Pero para qué. El pueblo es ignorante y no conviene que sepa más que lo que debe.

Gracias, Petón.

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