8 de octubre

10/10/2017

Nací el 29 de mayo de 1976 en Soria. Seis meses después, en noviembre, mis padres cargaron un camión con las cuatro cosas que habían reunido tras su boda, en agosto del 75, y se marcharon conmigo a Badalona. Mi padre tenía veinticinco años y aún no se había sacado el carné de conducir; mi madre, veintitrés, y no se lo sacó nunca. Mi padre comenzó a trabajar en un matadero y mi madre se dedicó a limpiar casas. Alguna vez la acompañé. Yo comencé a ir a la guardería Los Ositos; más tarde, cuando nos mudamos de barrio, fui a la guardería Los Pitufos, la misma a la que irían mis hermanos pequeños, ambos nacidos en Cataluña, pero cuando ya se llamaba Els Barrufets. Recuerdo mis primeras clases de catalán en preescolar y cómo me llamó la atención que «calle» se dijera «carrer». Cuando llegué a Cataluña era demasiado pequeño para darme cuenta de ciertas cosas. Franco había muerto hacía muy poco, hubo una amnistía y se hizo una transición política extraordinariamente compleja, y hubo un golpe de Estado en 1981.

Los años pasaron y Barcelona era para mí un lugar lejano mientras estudié en el colegio y en el instituto. El día que ampliaron la línea 4 del metro y llegó a Badalona, pedí un billete de ida y vuelta en mi primer viaje, porque no tenía ni puta idea de cómo funcionaba aquello. En el Instituto recibí clases de formación del espíritu nacional, pero no de las franquistas, sino de las catalanistas. En general, ocurría en las clases de lengua y literatura catalana, pero también fui aleccionado por una profesora de inglés. Plazas de hormigón, polvo, árboles raquíticos y yonquis fueron el paisaje que de vez en cuando animaba la Vuelta a España cuando pasaba por las calles de mi barrio. Una vez quise verla con un amigo del Instituto. Queríamos llevar una bandera de España para animar a Perico Delgado, pero al final desistimos por si alguien nos criticaba o nos acusaba de provocadores. Al fin y al cabo, la vida no era normal en Cataluña, porque estaba rodeado de gente que consideraba que «los españoles» éramos una especie de gentuza casposa, cutre, altanera y rechazable. He vivido veinticinco años de mi vida entre xenófobos.

Conquisté mi Barcelona cuando iba a diario a la Universidad, donde conocí a buenos amigos que veía también por las noches y los fines de semana. Al terminar la carrera de Biblioteconomía, decidí hacer las prácticas en Madrid, porque estaba hasta los cojones de Barcelona. Me parecía una ciudad provinciana y opresiva. Resultó que era la primera vez que un alumno de la Escuela de Biblioteconomía quería hacer las prácticas fuera de Cataluña. Aquella novedad me benefició, porque no había burocracia y me dejaron hacer lo que quisiera. Finalmente me fui a Irlanda. Por lo que sé, se corrió la voz, hubo más alumnos que quisieron salir y durante uno o dos años no estuvo permitido, hasta que se aclararon las normas y todo se condujo conforme a un reglamento administrativo. Ya no volví. Mis hermanos se fueron pocos años después y mis padres no tardaron en seguirles.

Aquella formación del espíritu nacional que recibí en el Instituto ha logrado calar en decenas de miles de alumnos durante más de treinta años. Pero no en todos. Yo creo que el domingo, en la manifestación convocada contra la revolución xenófoba organizada por los partidos nacionalistas catalanes y defendida por la fuerza paramilitar de los Mozos de Escuadra, habrá miles de personas formadas en Cataluña. No han podido con ellos. El nacionalismo, la mayor catástrofe que ha sufrido Europa desde hace más de un siglo, no ha vencido a la razón y no debe vencerla. La tribu se impone y se imponen su brutalidad, su xenofobia y sus mentiras. Todavía vivo rodeado de ellas. No son pocos los amigos y conocidos que se tientan las ropas cuando surge «el tema catalán». Tendrían muy claro qué decir y qué hacer ante otras muestras de nacionalismo, pero son víctimas de la mentira y la fantasía de los cuentos catalanistas. Voy a ir a la manifestación del domingo en Barcelona porque me lo dicta mi conciencia, porque quiero acompañar a quienes viven rodeados de odio suprematista, porque he leído centenares de páginas de escritores que dieron la cara contra los totalitarismos del siglo XX y he admirado siempre su lucidez y su valentía, porque he hecho lo mismo con los intelectuales que se jugaron el pellejo contra la lacra etarra y porque de mayor me quiero parecer a todos ellos, aunque sea de una manera tan simple y aun ridícula, estando de pie en un «carrer» rodeado de gente. Llevaré mis gafas de repuesto, por si acaso.

Publicado en ÇhøpSuëy.

7 comentarios

  • Julio 10/10/2017en13:15

    Ole tu, joder!

  • Bundiban 10/10/2017en16:02

    Sólido. Convincente. Elemental. Tristísimo. Quiero ver el complejo de culpa de los del laissez voir, laissez passer.

  • Botillero 10/10/2017en19:24

    Brillante, sin más.

  • Palo 11/10/2017en1:34

    Sin duda,un relato muy verdadero e irrefutable.
    Quizas falta el relato de los asimilados que se transformaban en Catalanes…

  • Rafa Sánchez 11/10/2017en11:56

    Malos tiempos si para defender lo natural hay que vestirse con corazas.

  • Leopardaaaa 30/10/2017en1:50

    Hola. A finales de agosto o principios de septiembre, ya no me acuerdo, mi móvil y su batería se estropearon a la vez. Tuve que comprarme otro y en la adaptación de la tarjeta no me pasaron la agenda bien. He podido recuperar números que tenía apuntados en papel, pero perdí como 15 o 20. Entre ellos, el tuyo. En estos dos meses esperaba que me escribieran algo por whatsapp estas personas, para así recuperar el contacto, pero sólo una lo ha hecho. No me extraña demasiado, tengo comprobado que si no escribo o llamo yo, no lo hacen a la inversa. En cualquier caso, me gustaría que me mandaras un whatsapp y recuperar el contacto. Un abrazo español. Posdata: no es un comentario para publicar, claro, es el único medio que tengo para saber de ti, aparte de leerte en Chopsuey (revista que he recomendado a Alejandro, ahora que por fin tiene internet).

  • ROCATALLADA 17/11/2017en15:46

    Un tipo de Badalona que vive en San Sebastián va cantando por ahí:

    No hay cielo lo bastante alto ni tierra pequeña.
    No hay océanos de tiempo
    que no surque mi propia bandera.
    De Lope, el amor, la rabia de Quevedo,
    Espronceda, los Machado, Rocinante y Platero,
    vivan las Cortes de Cádiz y el Himno de Riego.

    Lo grita en la cara de los que pretenden torcer la Historia, desde ayer para mañana. Inventaban e insultaban. Acosaban. Silenciaban. Pero la voz apagada dejó de estarlo y se alzó. Por ahí andabas tú, Brema.

    Quisieron aniquilar un pueblo y levantaron una nación. Sobre espaldas como la tuya se vuelve a erguir España, compañero.

    Un abrazo.

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