Manipulaciones

Uno de los mitos sobre la Guerra civil dice que una vez muerto Franco, y durante muchos años, no se hablaba de la guerra debido a las imposiciones silenciadoras de la Transición. Es una falsedad fácilmente demostrable. Aunque los datos no son precisos -hay repeticiones, son deslavazados y faltan artículos en periódicos y revistas-, sí pueden servir como orientación: el catálogo de la BNE recoge 1098 documentos sobre la guerra publicados entre 1976 y 1996. Una media de 52 anuales.

Otro de los mitos dice que los franquistas tuvieron la oportunidad de honrar a sus muertos y de propagar su discurso sobre la contienda. «Ahora», dicen los mitológicos, es el momento de honrar a los «nuestros» y ofrecer «nuestro» discurso. A esta imposición se le llama «memoria histórica». Es una imposición porque trueca un discurso por otro, en lugar de crear un relato fundamentado en la verdad, y porque supone el acallamiento de cualquier estudio, recuerdo o historia que hable de quienes lucharon en el bando franquista o que critique los errores y los crímenes cometidos por el bando republicano.

Las herramientas de orden propagandístico utilizadas para la imposición de la «memoria histórica» son de lo más heteróclito, y algunas de las más conocidas alcanzan los niveles de bochornosa falacia y argumento infantiloide.

En ambos bandos se cometieron crímenes (¡pero en uno más que en otro!) La «argumentación» entre paréntesis y en cursiva pretende que solamente se hable de los crímenes franquistas y se pretermitan los republicanos.

Paracuellos (¡Badajoz!) Una nueva muestra de «argumentación» que supone pretermisión y sustitución en lugar de conocimiento. Curiosamente, quien dice que «no se habla de Badajoz», se olvida de que desde la muerte de Franco ha habido tiempo suficiente para hacerlo, y que las publicaciones sobre ambas masacres andan más o menos a la par desde el punto de vista cuantitativo. En todo caso, si en los últimos años han despuntado las referidas a Paracuellos, es porque tras una fecunda ola revisionista (como si no fuesen asimismo revisionistas quienes pretenden pretermitir, silenciar al otro e imponer el discurso memohistórico), historiadores a sí mismos llamados «de izquierdas» se olvidaron de la sagrada devoción que le deben a la verdad para sustituir hechos por opiniones. Valga como ejemplo la relativa al terror republicano: Preston, Viñas y sus cipayos sostienen que fue obra de «incontrolados», cuando está más que demostrada la dirección de ciertos órganos gubernamentales en la represión en la retaguardia. Cuando, además, uno muestra el libro más documentado sobre la matanza de Badajoz, en el que se atenúan las exageraciones propagandísticas sobre la masacre, la respuesta es una falacia ad hominem sobre la editorial que lo publica. ¿Argumentación, reflexión, diálogo, puesta en común de ideas? Nunca.

Hoy en día, decir estas perogrulladas es peligroso. Porque la catalogación, la manía taxonómica, es consustancial a todo sistema autoritario. Y quienes mostramos estas obviedades somos inmediatamente catalogados de profranquistas. Refutar las acusaciones causa una gran melancolía, y nada hay mejor para destruir esa evanescente sensación de hastío que seguir en la brecha. Así, instruyendo al curioso y tocando de nuevo los cojones a los zascandiles, recomiendo la lectura de dos artículos.

El primero, sobre el libro publicado este año sobre la manipulación de la elecciones de febrero de 1936. Los autores han sido vilipendiados, insultados y despreciados por nuestros queridos mitológicos. Pero vuelven a pinchar en hueso.

El segundo, sobre la manipulación que llevaron a cabo los editores de La guerra civil española, de Hugh Thomas. He dado con él gracias a este artículo.

De nada.

 

6 commentarios en “Manipulaciones”

  1. Perroantonio dice:

    «Uno de los mitos sobre la Guerra civil dice que una vez muerto Franco, y durante muchos años, no se hablaba de la guerra debido a las imposiciones silenciadoras de la Transición».

    Fíjate si es mentira que en 1976, un año después de la muerte de Franco, comencé a coleccionar los fascículos de La Guerra Civil de Hugh Thomas de ¿Diario 16?. Si no recuerdo mal, se publicó simultáneamente una colección de Carteles de la Guerra Civil. Lo publicado desde entonces es inagotable y, para mí, insoportable. Yo llegué a hastiarme del temita. Me recordaba a otra «moda» que soportó la generación anterior: los libros, tebeos, películas y parafernalia de la II Guerra Mundial.

  2. Perroantonio dice:

    Recuerdo, por cierto, que el quiosquero que me vendía los fascículos no dejaba pasar la oportunidad de desacreditar la obra. Era del PC (sorprendentemente, todo el mundo era por entonces del PC, incluso yo, que nunca fui del PC) y al parecer veía la obra como poco objetiva porque daba mucha cancha al bando nacional. Yo flipaba con los carteles de los dos bandos, aunque los más sorprendentes y para mí totalmente desconocidos, fíjate tú, fueron los retratos de carlistas de Sáenz de Tejada. Curiosamente, muchos años después, en 2006, vi una eposición en el Artium de Vitoria en donde prácticamente no había ningún dibujo políticamente comprometido de Sáenz de Tejada, sino estampas vascas y cosas de moda. Debía ser cosa de la «memoria histórica», que lo mismo que retiraba las placas de las casas financiadas por el Instituto nacional de la Vivienda, blanqueaba la memoria de los muertos.

  3. Bremaneur dice:

    A decir verdad, he escrito esto porque me hacía ilusión decir «zascandiles» y «cipayos». Nací precisamente en 1976 y, que yo sepa, nadie de mi familia participó en la guerra. En el fondo, esto no va de la guerra, ni siquiera de la manipulación; esto va de la pobreza argumental en la que nos movemos. Sospecho que cuanta más pobreza intelectual, más ganas de solventar las discusiones a hostias.

  4. Miguel_1960 dice:

    Por parte de mis abuelos paternos y maternos, perdí a cinco tíos en la zona republicana. Dos en Valencia, un militar en cama desde hacía un año y su muy católica mujer; un alférez de navío del submarino C-4 asesinado en el buque prisión España número 3 con puerto en Cartagena y su hermano, comandante de Infantería,retirado por la Ley Azaña, paseado en Madrid y, para finalizar, un secretario judicial, también paseado, en Jaen. Nunca aparecieron los cadáveres de ninguno de ellos, ni se les puso placas, ni Franco les dió honores de tipo alguno a su familiares.

    Esto lo sé a partir del 2006 cuando se puso de moda el tema de la memoria histórica y mis padres me alertaron sobre ello y, claro, empecé a documetarme a través de archivos. Los intérpretes y ejecutores de esa Ley, al fin y al cabo, quieren tratar a los muertos del otro bando como Franco trato a los suyos y ese, si leen el texto legal, no es su espíritu.

  5. Rafa Sánchez dice:

    El artículo es muy revelador, gracias. Pero no me sorprende demasiado.

    Aunque no esté bien visto reivindicar a Pío Moa, la verdad es que sus 3 primeros libros sobre este tema son fundamentales, en mi modesta opinión. Los “libros rojos de Moa” (Editorial Encuentro) desvelan toda la impostura del bando izquierdista y son la reacción natural a tanta propaganda republicana como hemos sufrido durante la Transición. Del resto de obras posteriores de Moa, prefiero no opinar, pero el segundo libro de la trilogía (una especie de memorias comparadas entre los protagonistas de la República) es absolutamente esclarecedor. Que Moa accediera al archivo del PSOE para consultar las fuentes primarias y luego escribiera en contra de sus mantras, no se lo perdonarán en mil vidas, por eso creo que es un apestado intelectual.

  6. Kurtz dice:

    En busca de la “sagrada verdad”
    el Franquismo tuvo cuarenta años para buscarla y encontrarla,pero parece que aquí las responsabilidades recién en losrepublicanos y sus acólitos después de la llegada de la Democracia.Quizas
    pienses que la Causa General y Ricardo de la Sierva sean ejemplos de objetividad y búsqueda de la “verdad” y de la “falta de censura”.

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