Las dolientes de Ágreda

Publicado en el número 7 del Boletín Informativo del Centro de Estudios de la Tierra de Ágreda y el Moncayo Soriano. Acceso al artículo en pdf.

 

Una visita

En verano de 1921, Ágreda recibió la visita de un grupo de alumnos madrileños de la Escuela de Cerámica y de la Escuela Municipal de Artes Industriales. Los dirigía el humanista, pedagogo y crítico de arte Francisco Alcántara y la comitiva fue muñida por José Tudela, delegado de Bellas Artes de la provincia de Soria. El interés de Alcántara tenía que ver con sus afinidades krausistas y con las directrices de la Institución Libre de Enseñanza, aquel bienintencionado proyecto que pretendió remozar España desde el punto de vista educativo y que quedó truncado tras la Guerra Civil. Alcántara pretendía que sus alumnos visitaran la escuela primaria, las iglesias y la cocina de las gentes agredeñas. Pero la escuela estaba cerrada, costó que las mujeres cogieran confianza con los recién llegados y las autoridades eclesiásticas tardaron varios días en darles permiso para estudiar desde el punto de vista artístico las iglesias del pueblo. Mientras tanto, los muchachos deambularon por el pueblo tomando apuntes que luego plasmaron en las cerámicas que se expusieron como colofón a la visita.

Alcántara hace una descripción de Ágreda de tintes un tanto expresionistas: «Parece como si sobre Ágreda hubiese caído un pedrisco de siglos: chafados los planos de las cubiertas, desnivelados los muros y los ángulos, carcomidas las fanfarrias heráldicas y las arquitecturas, abundantes las tapias, que alternan en un mismo muro con las masas de ladrillo o de sillar; dislocados los aleros, en ruinas muchos palacios cuyas trágicas fachadas ostentan aún en sus balcones sin cierres señoriales herrajes; en cuestas mal empedradas muchas de sus calles, y en las que más abundan típicos ingresos de rancio sabor, Ágreda toda semeja un sueño de aguafuertista, de acuarelista febricente, de dibujante exaltado por un afán loco de legendario carácter». En esta villa desportillada y pobre de principios de siglo XX, Alcántara encuentra, no obstante, un edificio singular. Lo dibujó en varias cerámicas Aniceto García. Se trataba del apunte modernista de una casa situada entre la iglesia de San Miguel, el Palacio de los Castejones y el arco «portillo de la Morería». Era una casa «de carácter aragonés, en cuyo material predomina el ladrillo manejado con un sentimiento mudéjar y de alegría meridional, acentuado por una celosía. Estas fachadas producen gran sorpresa, como un sobresalto jubiloso en medio de la grave melancolía que caracteriza a la villa. Es tan bella esta casa que podría, y le sobran méritos para ello, ser declarada monumento nacional y dedicada a museo[i]».

Esa misma sorpresa y ese mismo sobresalto jubiloso podría haberlo sentido Alcántara de haber visitado pocos años después la tumba de su amigo Ezequiel Tudela, que hizo de cicerone al profesor y a aquellos chicos de las escuelas de Madrid; y que, curiosamente, también participó en la exposición con una cerámica. El patrimonio artístico de Ágreda es ingente y su profusión fue acorde a la importancia que tuvo la villa desde el punto de vista histórico. Arrinconada y melancólica, aquel sueño de acuarelista febricente fue estanco, como tantas otras ciudades y pueblos castellanos, a las vanguardias artísticas que se desarrollaban con fuerza en las grandes urbes españolas. No de aquellas vanguardias, pero sí de los aires renovadores que provocaron, nos llegaron sin embargo dos muestras de una belleza calmada y profunda: las «dolientes», las estatuas funerarias de los panteones de Ezequiel Tudela y de la familia Cisneros Tudela.

 

El cantero

Su autor fue Emiliano Barral López, uno de los escultores españoles más importantes de la primera mitad del siglo XX. El Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía guarda siete esculturas suyas y un apunte del poeta Verlaine; y sus esculturas y monumentos se esparcen por numerosas ciudades españolas. Suyo es también un contundente busto del periodista Manuel Chaves Nogales, otro de Antonio Machado y el busto del fundador del PSOE, Pablo Iglesias, que actualmente se guarda en la sede del partido en Madrid tras haber sufrido numerosas peripecias[ii]. Barral había nacido en tierra segoviana. En Sepúlveda vio la luz por primera vez en agosto de 1896. Se formó en la artesanía de niño, trabajando en el taller de cantería de su padre, como hicieron también algunos sus cuatro hermanos (tenía, además, otras tres hermanas). Su adolescencia y su juventud las pintó el mismo Barral de una manera un tanto novelesca. Influido por un portugués que trabajaba en la cantera de su padre, se hizo anarquista y huyó de su casa junto al luso. Fue atrapado por la Guardia Civil y devuelto a Sepúlveda. No tardó en huir de nuevo y se dirigió a Valencia y Barcelona, para pasar posteriormente a París, donde el consulado le colocó de ayudante en un taller de escultura. Aquel trabajo y la vida bohemia junto a otros pintores y escultores, trocó el destino del artesano por el del artista. En 1917 llegó de nuevo a España para hacer el servicio militar, y en el cuartel coincidió con el escultor Juan Cristóbal[iii]. Tras terminar el servicio, comenzó a trabajar en su taller. En 1920 regresó a Segovia. Allí estaba Antonio Machado. Junto al poeta y otros artistas e intelectuales, formaron animada tertulia. Entre ellos estaba el ceramista Fernando Arranz, con cuya hermana Elvira casó Barral, y ya en Madrid, algún tiempo después, nacería su hijo Fernando. Antes de ser padre, Barral combinó su vida artística entre Segovia y Madrid (con un breve regreso a París), y durante esos años hace algunos viajes a Soria, donde dejó obra suya en diferentes lugares.

Barral continuó su obra hasta que murió en noviembre de 1936, en el frente de guerra donde había acudido al mando de unas milicias segovianas. A aquella pasión política se sumaba su pasión artística. Había sido uno de los que había entrado en el Cuartel de la Montaña cuando fue bárbaramente asaltado por las vanguardias obreras en julio de ese año. Se fusiló sin orden ni concierto y decenas de cadáveres quedaron tendidos al sol, llenándose de moscas. Había entrado Barral junto al diputado Juan-Simeón Vidarte y fueron testigos de los asesinatos. Barral reconoció a Vidarte sentir envidia de Goya al contemplar esas escenas de terror. Pero lejos de acongojarse o de atemorizarse ante el espectáculo de la barbarie, le salió del alma el artista: «Busco a Barral. Está sentado en el suelo con un cuaderno sobre las rodillas y toma algunos apuntes del cadáver de un joven, cubierto de sangre. Se ha puesto un casco de una de aquellas víctimas de la sublevación, que le protege del sol. Está rodeado de cadáveres, algunos de muchachas falangistas con blusa y pantalón».

 

Barral en Ágreda

En torno a 1919 y 1920, Barral esculpió figuras para tres tumbas en San Esteban de Gormaz y El Burgo de Osma. Y es en 1926 cuando llega a Ágreda para colocar la primera estatua en el panteón de Ezequiel Tudela Delgado. Ezequiel Tudela había sido oficial de la Sección de Recaudación de la Administración Subalterna de Ágreda (Inspector de Hacienda) y Oficial de Sala del Ministerio de Justicia[iv], y además presidente del «Círculo de la Unión» en Ágreda a principios de siglo, por cuya gestión fue en la prensa por Anastasio Vitoria, que más tarde fue alcalde de Ágreda[v]. Gracias a las actividades del Círculo, Ezequiel Tudela pudo recaudar dinero para los soldados agredeños que batallaban en la guerra de Marruecos.

Ezequiel Tudela murió el 13 de septiembre de 1925 a los sesenta y seis años, soltero y sin testar[vi]. La colocación de la «doliente» en su tumba se hizo poco antes del primer aniversario del fallecimiento. Era común en los periódicos españoles dedicar una página a saludar a gentes principales de la provincia, ya fuera por cuestiones de salud o por aniversarios, así como avisar de quiénes llegaban y quiénes marchaban de la capital. De esta manera sabemos que Emiliano Barral salió de Soria camino de Ágreda el 27 de agosto de 1926. Barral había regresado de Italia unos meses atrás al haber conseguido una beca de la Diputación Provincial de Segovia[vii] y su primer trabajo recién llegado a España fue el busto del maestro D. Victoriano Corredor, un monumento dedicado a él en El Burgo de Osma y que fue erigido por suscripción popular. A Soria acudía regularmente. Había pasado parte de su infancia en El Burgo de Osma y su abuelo y algunos otros familiares vivían en la capital.

La historiadora del arte Lourdes Cerrillo describió así la figura esculpida por Barral: «La tumba de Ezequiel Tudela está concebida como una figura femenina que, a modo de Magdalena, oculta el rostro con su larga cabellera y sostiene en una de sus manos un pequeño pomo o cáliz. La expresión de dolor se transmite por la actitud de recogimiento que lleva a la figura a plegarse sobre sí misma, ajena a todo lo que no es su propia desesperación».

José María Martínez Laseca describe en términos similares la figura y nos da las medidas exactas (68x38x78 cm). Martínez Laseca explica que tanto esta «doliente» como la otra, la del panteón de la familia Cisneros Tudela, fueron labradas en 1925. La «doliente» del panteón familiar es algo mayor (206x71x136 cm), y Martínez Laseca la describe así: «la figura de una mujer esbelta y estilizada […] y con las manos en actitud oferente y sus dedos entrecruzados, conformando una concavidad en su regazo donde se colocan las siemprevivas». No ha sido posible hallar rastro en la prensa regional acerca de la fecha de su colocación, y si de nuevo Emiliano Barral visitó Ágreda para dirigir el proceso.

 

El escultor

Más allá de la descripción de las esculturas de Barral, conviene situarlas dentro de la trayectoria del artista y de la trayectoria de la escultura castellana de la época, para comprender así el verdadero mérito de las obras, y cómo avaloran éstas el vasto legado artístico de la Tierra de Ágreda. Antonio Manuel Campoy describió a Barral como «castellanizante, más en lo italiano que en la moderna escultura que irradiaba París», y lo unía a la línea de escultores como Julio Antonio y Victoriano Macho. Como expresó Valeriano Bozal, Barral no era tanto un vanguardista como un renovador. Estos escultores iniciaron una renovación formal y de contenidos, haciendo una escultura realista incluyendo en el caso de Barral evidentes elementos de inspiración cubista. Bozal incide en ese ambiguo y paradójico cruce de caminos de la tradición y la modernidad: «inmersos en la dialéctica de lo regional y anecdótico frente a lo nuevo, intentando superar los límites del regionalismo anecdótico en una visión muchas veces esencialista de Castilla y España, herederos del debate suscitado por la generación del 98, […] se debaten entre el realismo tradicional y la renovación del lenguaje escultórico».

Las esculturas de Ágreda no participan de la renovación temática. Concebidas para panteones, el escultor tenía poco margen para ello. Sí que son, no obstante, un ejemplo de renovación formal. Incluso siendo estatuas pequeñas, logran cierto efecto de monumentalidad, como ocurre en otras obras suyas posteriores (el monumento a Diego Arias de Miranda, en Aranda de Duero, obra de 1930, verbigracia). Ambas «dolientes» agredeñas podrían semejarse a su obra Mujer de Segovia (del mismo año y en posesión del Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía) en uno de los aspectos técnicos del labrado que Bozal sugiere como influenciado por la formación de Barral como cantero, y que afecta a la falta de «detallismo narrativo». En las escultura «doliente» de la tumba de Ezequiel Tudela no hay rostro y el único detalle es un retazo de túnica que resbala por las rodillas de la mujer; en la «doliente» de la familia Cisneros Tudela, impera sobre el detalle técnico del cincel la pose de la mujer, con una caída de la cabeza en casi noventa grados sobre el busto.

 

Otra visita

Es ése, quizá, el poder de ambas esculturas. El llanto y la desolación expresados en una fina composición artística labrada con golpes de artesano. Ágreda ya no es el pueblo deshecho que recorrieron Francisco Alcántara y sus alumnos en 1921, en el que las ruinas agonizaban, entre muros levantados a la balda, sin fuerza siquiera para gritar sus antiguas glorias. En las Navidades de 2015 invité a varios amigos a Ágreda: los pintores Carlos García-Alix y Javier Pagola y los coleccionistas y mecenas Fernando García y Elvira Rodríguez-Pinilla. Recorrieron la villa entusiasmados y asombrados por la profusión y la calidad del patrimonio artístico e histórico, y se extrañaron de que nos alejáramos del pueblo para terminar frente al camposanto. Su sorpresa fue mayúscula al ver dos estatuas tan delicadas y modernas en un entorno tan recogido a los pies del Moncayo en aquella luminosa mañana de invierno. Delicadas aún, pese a que en la piedra pueden notarse los estragos del tiempo y del clima feroz de este rincón castellano. García-Alix se acercó a las estatuas para comprobar el nombre y para recorrerlas con las manos, como hace con su pintura cuando la ve expuesta en una galería, como si quisiera corregir un trazo, o acaso perfeccionarlo. Ahora parecía querer acariciar la piedra para sentir en ella el golpe del cincel, ese punto exacto en el que convergieron hacía casi noventa años, la fuerza de la tradición y la juventud de la modernidad, la influencia de la cantería artesanal y la inspiración de lo nuevo.

 

 

Notas

[i] El Sol, 13 de enero de 1921.

[ii] Gavela, Daniel. «Recuperada la “cabeza perdida” de Pablo Iglesias», El País (9 de febrero de 1979). http://elpais.com/diario/1979/02/08/ultima/287276402_850215.html.

[iii] http://www.juancristobalescultor.es/

[iv] Los expedientes de ambos puestos se encuentran en el Archivo Histórico Nacional. Signaturas: FC-Mº_HACIENDA,3214,Exp.4514 y FC-Mº_JUSTICIA_MAG_JUECES,4790,Exp.8218.

[v] La región soriana, 6 de junio de 1902.

[vi] Boletín Oficial de la Provincia de Soria, 16 de diciembre de 1925.

[vii] El Heraldo de Madrid, 3 de septiembre de 1925.

 

Bibliografía

Bozal, Valeriano. Pintura y escultura españolas del siglo XX (1900-1939). Espasa-Calpe, 2000.

Campoy, Antonio Manuel. Diccionario crítico del arte español contemporáneo. Ibérico-Europea de Ediciones, 1973.

Cerrillo, Lourdes. «La expresión del dolor en la escultura funeraria de Emiliano Barral» EN Programa de fiestas en honor de Ntra. Sra. de los Milagros. Ayuntamiento de Ágreda, 1999.

Martínez Laseca, José María. «El escultor Emiliano Barral y Soria» EN Revista de Soria (2ª época, n. 50, 2005), p. 17-24.

Santamaría López, Juan Manuel. «Barral, Emiliano» EN Diccionario biográfico español, VII. Real Academia de la Historia, 2010, p. 77-80.

 

 

 

3 commentarios en “Las dolientes de Ágreda”

  1. chema pascual dice:

    Yo estuve en Ágreda hace unos veinte años. Me llamó la atención algún edificio de pisos, hecho de ladrillos, cuya entrada al portal era un arco de piedra que debió pertenecer, por lo menos, a un antiguo palacio. Recuerdo que tenían unos andamios en el ábside de una iglesia de donde estaban retirando el revocado, supongo que para dejar la piedra vista. En ese revocado se conservaba cuando yo pasé un rótulo de Auxilio Social. (Según he escrito lo anterior, me he ido a internet y veo que ahora es un restaurante.
    Intenté comprar una gaseosa de las que hacían en Ágreda para un familiar que es coleccionista, pero no me la vendieron porque había que llevar el casco de la anterior.

    Volveré. (A Ágreda)
    Un abrazo.

  2. Sergio Campos dice:

    Volveré. (A Ágreda)
    ***
    Y espero que aquí también, Chema. Efectivamente, el edificio conocido como La Sinagoga fue sede del Auxilio Social. Se quitó no hace mucho y ahora hay un restaurante (bueno, por cierto). La idea de que era la antigua sinagoga fue refutada entre otros por Gaya Nuño, pero sin aportar pruebas evidentes. Hace muy poquito, un investigador local que anda revolviendo en el archivo parroquial, ha logrado demostrar que era la antigua iglesia de San Francisco, y que la sinagoga se ubicaba en otro lugar, cerca de donde está la iglesia de Magaña.

    También voy detrás de una botella de gaseosa (Espumosos Agredanos), pero ahora está complicado. Ni pagando «el casco».

  3. Eduardo dice:

    La verdad, querido Sergio, es que me gustaría tener la paciencia de leer tus largas entradas pero ello me llevaría a desembocar en la lectura de los diarios de Trapiello, un tipo de literatura en la cual me defeco. Sus colaboraciones en LV si son leíbles pero NUNCA leeré sus ladrillos para ver si cita mi E como si fuese una portera cotilla. Un abrazo, Eduardo Barón, reportero de ocasión.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *