Apuntes sobre una vida bien contada

Son tres ya los tomos publicados y aún falta el último, el dedicado a la infancia y primera juventud de Ramón Barros Santos. Se agrupan bajo el título Apuntes sobre una vida y hasta ahora se pueden leer (y comprar) El exilio, El retorno y La guerra. Ramón Barros, Moncho, bien podría haber sido uno de esos etcéteras etcéteras que abundan en la historia del Partido Comunista. Miembro relevante de las Juventudes Socialistas Unificadas, consiguió huir a la URSS tras la guerra. Regresó con su familia en 1956 y trabajó en Madrid, en la Siemens, hasta su jubilación.

Su extraordinario sentido de la observación y su inteligencia le permitieron ampliar estas dos líneas de resumen biográfico hasta conformar unas memorias que son de lo mejor que he leído en mucho tiempo. Ramón Barros escribía bien, pero sobre todo sabía contar muy bien: no pareces estar leyendo sino escuchando. Y además, pese a una vida más que azarosa de la que salió indemne, tenía sentido del humor. Fundamental.

No hay excusa para no comprar los libros: cuestan poco más de dos euros cada uno. Se ofrecen en edición digital y se compran a través de Amazon.

apuntesEn El exilio Barros habla de cómo logró salir de España en el barco Lézardrieux desde Valencia y sus peripecias en el paraíso soviético. No salió bien parado: sufrió represalias por no haberse hincado de hinojos ante la Pasionaria tras la muerte del secretario general del PCE, José Díaz, en 1942. Aguantó como pudo gracias al apoyo de su familia y se dedicó a estudiar electrónica y a alejarse de las intrigas miserables de la dirección del partido. Quienes se sienten incómodos ante las memorias de los renegados españoles del comunismo gustarán de estas páginas de Moncho. No puede decirse de él que sea un renegado, ni siquiera un desencantado pese a haber sido seriamente amonestado: no abjuró nunca del comunismo, pero sí de algunos comunistas. Importante para unas memorias, pues esa actitud le lleva a ser esencialmente objetivo con sus recuerdos. Sí, la franqueza es el valor principal de estos libros.

Si hubiera tenido que descartar a priori o postergar la lectura de alguno de estos libros habría elegido sin duda El retorno. Mis obsesiones actuales me decantan más a la guerra y al exilio y habría despreciado este fragmento de la vida de Moncho. Craso error. Creo que es el mejor de los tres y sin duda es el que más he disfrutado. Habrá pocos libros como éste que narren con anécdotas más precisas el cambio sufrido por España entre 1956 y la muerte de Franco. Me quedo con una: la maravilla que produjeron en los indígenas peninsulares los electrodomésticos que la familia Barros trajo consigo de Rusia, y la sorpresa de éstos al ver, todavía sin desembarcar del barco, una especie de sillas con ruedas que petardeaban a toda velocidad por el puerto: las Vespas.

El retorno no siempre fue fácil para los españoles. La vida en la URSS fue trágica más que complicada, pero a cambio los supervivientes pudieron gozar, entre otras cosas, de una educación universitaria. El caso de las mujeres fue especialmente duro: regresaban de un país donde habían sido tratadas igual (de bien y de mal) que los hombres, también con estudios, y en España se topaban con el trato casposo y denigrante que el catolicismo y el franquismo reservaban para ellas. Hubo quien se largó de nuevo incapaz de adaptarse. Ramón Barros y su familia trabajaron duro e hicieron su vida en su país de origen. El hecho de venir de Rusia les provocó algunos incidentes: Barros fue detenido durante algunos días por un quítame allá esas pajas, e interrogado de forma brusca supuestamente por Eduardo Comín Colomer, que le preguntó por su relación con Castro Delgado. Las memorias de éste fueron astutamente utilizadas, no es la primera vez que leo algo similar (Irene Falcón habla en las suyas de un interrogatorio similar donde salieron a relucir los libros del “dichoso Castro”). Otro dato curioso sobre esta detención: durante el interrogatorio le mostraron su ficha de afiliación a las JSU. Él mismo se sorprende, pues le habían dicho que los archivos habían sido quemados por los propios comunistas para evitar que cayeran en manos del ejército franquista. ¿Dónde están esos archivos, amigos?

El último volumen publicado hasta ahora es La guerra. Moncho la pasó como dirigente de las JSU en Madrid, con visitas esporádicas a diferentes provincias limítrofes con el fin de organizar grupos de las Juventudes en los frentes. No obstante, el peso del libro está en los últimos días de la guerra y en el golpe que el general Casado dio a la República desde dentro. Moncho tuvo un papel ciertamente relevante en el inicio de las hostilidades de los comunistas contra Casado. El caos de esos últimos días fue formidable y Casado es el culpable de que muchos miembros del PCE, apresados por él, murieran en las cárceles franquistas. De lo narrado por Moncho se deduce otra cosa ya evidente para quien haya leído algo sobre el tema: el golpe de Casado sirvió para silenciar la responsabilidad del PCE en la pérdida de la guerra.

Es en estas últimas páginas donde Ramón Barros deja clara su militancia vital en el comunismo. Los momentos más desafortunados del libro tienen que ver con la justificación de las matanzas de Paracuellos, amparándose en que no fueron más que una reacción ante los bombardeos de Madrid y las masacres del otro bando. No ha lugar. Pero, como he dicho antes, es su franqueza y su claridad la que se agradece a la hora de leerle, y demuestra una vez más que no es necesario estar de acuerdo con las ideas de alguien para valorar su obra. En sí mismo tiene su interés: tampoco parece afortunado Barros al hablar de la muerte de Carrero, en El retorno, pero no hace sino exponer negro sobre blanco la postura de muchos en aquellos días y ante ese suceso crucial.

La edición ha corrido a cargo de sus herederos, especialmente de su hija Maribel, y cabe agradecerle no sólo que haya hecho públicas las memorias de su padre sino que se haya esforzado por hacerlo prácticamente sola o, en cualquier caso, sin ninguna ayuda editorial. Y sobre todo que las haya editado sin tocar ni una sola coma. Transcribo la presentación que hace de las memorias en la revista Laberintos.

moncho

Ramón Barros Santos (Moncho)

Ramón Barros Santos (Moncho), nació en 1910 y falleció en 1987. Ingeniero industrial de profesión, le tocó participar activamente en la Guerra Civil española. Concretamente, en el frente de Madrid. Luego la huida, el exilio en Rusia y el retorno a España en 1956.

Aunque nació en La Coruña, desde muy niño se trasladó a Toledo junto con su familia, donde creció, estudio y trabajó hasta la guerra. Toledo tiene una carga emocional muy importante para él, ya que fue la ciudad donde se formó. Eso se refleja permanentemente en sus memorias. Allí tuvo un grupo de amigos, compañeros de bachillerato, cuya amistad se mantuvo a través del tiempo. En los años de la guerra, el destino de cada uno de los «bachilleres» fue distinto y sorprendente. Con el único que mi padre pudo mantener contacto durante la época del exilio en Rusia fue con Javier Malagón Barceló, por residir éste en aquella época en México. Cuando mi padre regresó a España, trató de localizar a sus amigos de la niñez y adolescencia y comenzó a encontrarlos uno a uno. Algunos se habían exiliado, otros habían permanecido en España. Finalmente, se encontraron todos con la agradable sorpresa de que ninguno había perecido durante la contienda. Durante muchos años se reunieron anualmente, llegando a acudir desde el extranjero los que aún permanecían allá, para ese encuentro, siempre rejuvenecedor para ellos. Como es natural, todos querían saber de las peripecias de sus amigos durante los largos años de separación (más de dieciocho años). Mi padre, por insistencia de Javier Malagón, comenzó a escribir cartas en las que les iba relatando sus experiencias vividas, tan entrelazadas con los acontecimientos mundiales como la Segunda Guerra Mundial y su participación en la política: primero, durante la guerra, y, luego, en el exilio, aunque desde una tercera fila tal vez, pero como protagonista al fin y al cabo. Enseguida quedó claro que la vida de mi padre fue mucho más agitada y variada, con demasiados intereses diferentes, por lo que los amigos le insistieron en que debía escribir sus memorias, porque no se trataba sólo de satisfacer la curiosidad de éstos, sino que, como protagonista de algunos hechos históricos, debía dejarlos consignados para que las futuras generaciones tuvieran conocimiento de ellos. Así comienza a escribir sus memorias, tratando de ser lo más fiel posible a sus recuerdos. Hacia 1980 terminó de escribirlas. Salieron alrededor de mil doscientas páginas, escritas con la mayor sinceridad posible. Mi padre escribía bien, pero no concibió sus memorias como una novela, sino como un testimonio.

Mi padre falleció en 1987 y desde entonces sus memorias han estado guardadas, leídas únicamente por amigos o familiares que, sabiendo de su existencia, se interesaron por ellas. Ahora, cuando sus hijos ya somos mayores, y conscientes de que no estamos aquí para siempre, nos parece que urge intentar la publicación de estas memorias, porque no es bueno que dejemos este asunto pendiente para una tercera generación. Es una tarea complicada, porque sus descendientes no somos personas relacionadas con el mundo editorial o literario. Por otro lado, no queremos que sean noveladas, sólo queremos que se conozca la experiencia de vida tal cual la sintió y la vivió nuestro padre.

De este libro sobre la guerra quisiera copiar dos fragmentos. Uno para ampliar la colección de testimonios sobre el asalto al Cuartel de la Montaña que comenzamos en La biblioteca fantasma. De nuevo la franqueza y la objetividad de Barros demuestran ser el mayor puntal de estas memorias. ¡Ya quisieran muchos periodistas! El otro fragmento tiene que ver con la incautación de la sede de la Gran Peña, exclusivo club de ricachones que, en sus salones, compartían su gusto por la pederastia. El Club sigue funcionando todavía.

¡Se ha sublevado el Cuartel de la Montaña!

La gente afluía hacia allí y yo, como un Vicente cualquiera, fui a donde iba la gente. No llevaba ningún plan preconcebido, como no lo llevaba nadie de los desconocidos que, junto a mí, caminaban. Engrosaba por momentos la afluencia de personal que quería saber simplemente lo que pasaba. Se oían tiros sueltos y esto acuciaba la curiosidad de la multitud, que empujaba hacia delante. Me fastidiaba ir a la fuerza a no sabía dónde. Intenté retroceder, pero ya era imposible. La masa empujaba hacia adelante de forma incontenible, y seguí adelante. Al llegar a la esquina de Ferraz con no sé qué calle, vi que la gente se apartaba. Un sargento del ejército yacía en la acera boca arriba. Al principio pensé que estaba herido y me acerqué diciendo a los que estaban próximos: ¡Vamos a ayudarle! Alguien respondió con voz de entendido: ¡ya no necesita ayuda! Miré con atención al sargento. Tenía los ojos muy abiertos. Estaba muerto. Era el primer muerto que veía, víctima de la guerra civil, que aún ni siquiera intuía.

De pronto arreció el tiroteo y se oyeron gritos de: ¡Asesinos! ¡Traidores! ¡Vamos por ellos! Lo lógico hubiera sido que, al oír los tiros la gente retrocediera. Y hubo algunos que lo intentaron. Otros se tiraron al suelo. Pero la multitud seguía empujando, entre otras cosas, porque no sabía lo que estaba ocurriendo y quería saberlo. Así que, los que intentaban retroceder hubieron, a la fuerza, de seguir adelante y los que se tumbaron tuvieron que levantarse para no ser aplastados por los que les seguían. Yo nunca supe si todos consiguieron levantarse, porque aquella marcha que llevábamos se convirtió muy pronto en galope hacia delante, en carrera desenfrenada hacia lo desconocido. Por todos lados oía gritar: ¡Cabrones! ¡Asesinos!
Impelido por un torbellino de gentes de todas las edades me encontré penetrando por la puerta del recinto exterior del Cuartel de la Montaña. Desde allí la masa se desparramaba en todas direcciones, para entrar al cuartel propiamente dicho por cualquier puerta que pudiera.

Yo subí un repecho que daba a una gran explanada. El espectáculo era horrendo. Decenas de cadáveres y de heridos yacían en el suelo. Casi todos ellos sin guerrera, en mangas de camisa, pero con pantalones y botas de militar. Uno tenía un ojo colgando fuera de su órbita, otro la cabeza aplastada, otros echando sangre a borbotones por sus heridas. Un energúmeno se había subido sobre el pecho abombado por los estertores de la agonía de un oficial herido. Quería bajárselo con su bestial pataleo, saltando con los dos pies juntos y gritando: ¡Cabrón, hijo de puta, muérete ya! Yo no pude contenerme y le grité: ¡Pero bestia, bájate de ahí! ¿No ves que se está muriendo? No me hizo caso, siguió con sus saltos y sus insultos. Estaba asombrado. Nunca pensé ver espectáculo semejante. Jamás había visto una furia como aquella. Porque no era aquél sólo el que pateaba a un herido. Había muchos haciendo lo mismo, indiferentes a que el desgraciado que yacía bajo sus pies estuviera muerto o no. Aquello era la expresión del odio del pueblo desatado. ¿Se les podía llamar desalmados? Luego me enteré de que ellos, los señoritos educados y católicos, hacían lo mismo pero con mayor finura. Ellos los remataban a bayonetazos, los castraban, les metían sus órganos genitales en la boca. ¡A los nuestros, claro! Y, si a mano venía, cogían a las mujeres y las rapaban la cabeza, las violaban y las obligaban a ingerir aceite de ricino. ¡Y después se persignaban!
Pero eso no lo vi con mis propios ojos hasta después, más avanzada la guerra. Y lo que vi me dejó también espantado. Era la bestia humana despertando de su letargo.

***

granpeña

Es curioso, a mi juicio, conocer lo que era el local de la Gran Peña. No sé realmente quién se incautó de él. Desde luego gente de la JSU. […] Debió ser en los primeros días del alzamiento, cuando, a iniciativa del Comité Madrid, personal nuestro había procedido a la incautación de diferentes edificios y casas como La Gran Peña, el Palacio de Juan March y algunas casas particulares de gente rica. Yo no sé si harían o no una detenida inspección de lo que confiscaban pero, el hecho era que, muchas veces, hacíamos descubrimientos insospechados. Por ejemplo, en nuestro dormitorio comunal de la calle de Almagro, en una de nuestras inspecciones casuales, descubrimos toda una enorme habitación llena de juguetes de todas clases, casi todos nuevecitos, así como un equipo de lencería de cama capaz de proveer a todo un hotel. […] En el piso de arriba, había habitaciones que, tanto la dirección de La Gran Peña como nosotros, utilizábamos para despachos. Disponían de una excelente y copiosa biblioteca, de salas de billar y de salas de juego de todas clases, pues aquellos ancianitos no se privaban de nada. Disponían, naturalmente, de un buen comedor y de una espaciosa y moderna cocina. Eso era todo lo que conocíamos los que habitualmente trabajábamos allí. Todos sabíamos que La Gran Peña era una sociedad de recreo para señores de lo que ahora se llama tercera edad, con posibles, mejor dicho con muchos posibles, para darse un buen “vidorro”. Todas las instalaciones estaban preparadas para eso, para el “vidorro padre”. Pero nadie se había dado cuenta de que, lo que por La Gran Vía era casi un bajo, por la calle de la Reina era un primer piso y, por lo tanto, ignorábamos que había otro bajo, y, aun más, unos espléndidos sótanos.
Un buen día, en plena defensa de Madrid y cuando de hecho era yo ya una de las principales autoridades del edificio, oí un gran alboroto en la planta baja. Acudí a los gritos y me encontré a una de las chicas de la limpieza revolcándose por los suelos, dando gemidos lastimeros y rascándose furiosamente por encima de las faldas sus partes genitales. La rodeaba todo el equipo de la limpieza, unas procurando calmarla y otras riéndose. Me encaré con ellas gritándoles

– ¡Pero, bueno! ¿Qué pasa?

Todas enmudecieron pero una de las chicas que reían dijo: ¡Pues na, camarada, que Lolita tiene furor uterino!

– ¿Furor uterino? – exclamé amoscado. – ¡Tu estás loca!

– ¡Ni loca ni na, camarada, resulta que se bebió un buen trago de una botella de esas que hay en el sótano y ya ves las consecuencias!

Todas las demás asintieron.

Me quedé de piedra, pero no creí nada de lo que me decían y reclamé enseguida los servicios de un médico de los que trabajaban en la Comisión de Sanidad. Despaché a todas las camaradas de la limpieza para que siguieran con su tarea y trasladamos a la muchacha al departamento de Sanidad. El médico, después de reconocerla, me informó que de lo de “furor uterino” nada. Tenía irritación vaginal, sin que de momento pudiera determinar las causas.

Llamé a la encargada principal de la limpieza, mujer ya madura y le pedí que me explicara con detalle lo ocurrido. Me contó que había estado limpiando los salones del sótano. Allí hay muchas botellas de licor, camarada – me dijo – la chica echó un buen trago de un licor verde. ¡Cualquiera sabe las porquerías que usaban esos viejos! – comentó la mujer, haciendo gestos de repulsión.

Le rogué que me enseñara esos desconocidos salones y me llevó hasta una puerta disimulada en la escalera de acceso al salón principal. Bajamos por una escalerilla de caracol y, al final, abrimos otra puerta. ¡Quedé boquiabierto! Habíamos desembocado en un gran salón con una larga y baja barra de bar, tras la cual se veían unas estanterías llenas de botellas de licores de todas clases y colores.

granpeña2

Listado de los señores socios de la Gran Peña

El salón estaba decorado con murales eróticos y descaradamente pornográficos. Había una enorme gramola y, en los laterales, varios cuartos reservados, con sillones, una mesita y butacas. Todo aquello era el “jodedero” de los “pobres” ancianitos. Yo no salía de mi asombro. Continué la investigación y dimos con otra puerta. Estaba cerrada con llave y no encontramos esta. La abrí de un patadón. Era un cuarto pequeño lleno de estanterías donde se apilaban sobres con algo abultado dentro. Los sobres estaban precintados y sellados por algún organismo sanitario. Eché mano del primero que encontré a mi alcance. Lo abrí y a poco me caigo de espaldas. Algo peludo tenía en mis manos que, al pronto no reconocí. Era un falo enhiesto, con la bolsa del escroto perfectamente imitada, el vello pubiano sobre un soporte de cuero, del que colgaban una especie de correílla. La encargada de la limpieza lo identificó antes que yo y dio un grito ¡Jesús! Y se tapó la cara con las manos, asustada, no sé yo si por el enhiesto pene o por la exclamación religiosa que había dejado escapar delante de un camarada jefe. No hice caso ni del gesto ni de la exclamación. Aquello me daba el mismo asco que si hubiera sido de verdad. Seguí abriendo sobres y seguí encontrando falos. Sólo que había algunas variedades: unos eran de goma endurecida y otros de barro cocido como el de los botijos. Carezco de conocimientos científicos o experimentales que pudieran explicar la utilización de aquellos utensilios, pero me daba asco. La mujer de la limpieza salió haciendo mil remilgos. Yo cerré como pude aquella puerta y di orden para que un cerrajero renovase la cerradura y me entregasen a mí la llave. Me incorporé al trabajo francamente asombrado: ¡Hasta donde se podía llegar en la aberración sexual!

Recordé entonces que en el despacho de Navarro, sobre su mesa de trabajo había un porrón de cristal en forma de falo y testículos. Tan grande era que casi nadie lo reconocía a primera vista. Navarro se divertía enseñándoselo a las visitas, especialmente a las chicas. Rara era la que al identificarlo no daba un grito y no pocas se enfadaban llamándonos cerdos.

Todos creíamos que aquel porrón estaba allí por pura casualidad, a modo de broma, pero, una vez descubierto el “jodedero” y la “faleria”, comprendimos que alguien lo había traído de allá, pues encontramos otros similares, aunque más pequeños, encima de algunas mesillas de los reservados del sótano. Todos se utilizaban como porrones, solo que el de Navarro, necesitaría para llenarlo más de una bota de vino.

Yo me sumí en hondas e irritadas reflexiones. ¡De modo que aquellos ancianitos no se contentaban con ver el mujerío que cruzaba frente a sus ventanales! Alguno de los antiguos ordenanzas de La Gran Peña nos contó más tarde que aquel “jodedero” funcionaba a pleno rendimiento a cualquier hora del día y que las mocitas que allí acudían, siempre por la puerta trasera, eran más bien niñas, algunas de trece o catorce años. Yo me figuraba a aquellos carcamales indecentes manipulando a las infelices jovencitas, buscando conseguir de algún modo un orgasmo miserable, esforzándose por estirar la pata izquierda – es un decir – ya que la derecha – es otro decir – debían tener reservada, digo yo, para cuando el Señor les llamase, muy pronto, a su seno. Porque los “pobrecitos”, eso sí, eran muy católicos.

Aquél descubrimiento conmocionó a toda la casa y estábamos dispuestos a denunciarlo en un periódico. Mas, para que nos creyeran habría que publicar fotos y todavía éramos muy mojigatos en esas cuestiones. Pero, sobre todo, era el momento álgido de la defensa de Madrid y no teníamos tiempo para dedicarlo a otra cosa que no fuera la lucha de cada día. Nos reunimos, incluso con el Comité Madrid, para ver qué hacíamos, sin embargo, entre risas y veras, decidimos dejarlo, por el momento, guardar todo aquello bajo llave, junto con los datos que reunimos y esperar, bien a la victoria final, o a un momento de menos tensión combativa.

Todavía tuve tiempo, hojeando el catálogo de la biblioteca, de enterarme de que, entre los libros de Ciencia y Literatura, los ancianitos disponían de la mejor colección, de tarjetas postales pornográficas que había en España y de otra colección, única en su género, que repetía las porquerías y aberraciones sexuales de la primera colección, pero con niñas y niños de doce años. De momento, sólo cabía un comentario:

¡Cerdos! ¡Miserables!

← Entrada anterior

Entrada siguiente →

5 Comentarios

  1. Ese Casino de la Gran Peña del que habla Moncho es hoy un hotel. Siempre me había llamado la atención la decoración exquisita de sus salones, pero no sospechaba que el sótano pudiera albergar frescos "pornográficos". Oh.

  2. Sexto Empírico

    Querido Bremaneur:

    He leído los tres volumenes de las memorias de Ramón Barros este fin de semana y coincido con usted en que escribía bien. Hay algunos pasajes de su obra realmente notables y de gran valor histórico e, incluso, antropológico.

    Son también unas memorias para leer con cuidado. No tanto por lo que dicen, sino por lo que no dicen. Una persona como 'Moncho', que ocupaba un puesto de relevancia en la JSU madrileña, que estaba en contacto con todos los dirigentes de la JSU y con algunos del PCE, no dice ni una palabra de las detenciones y asesinatos de la JSU (p. ej. los cinco diablos). Como si no hubieran existido. Pero no evita mencionar las detenciones realizadas por anarquistas o los fusilamientos realizados por el socialista Orencio. en la zona de Toledo. Igualmente, se cuida mucho de explicar con detalle las relaciones en la URSS o las razones por las que al volver a España huyó de todo contacto con el PCE. Desde 1956 hasta 1980 parece no haber tenido más relación con sus antiguos camaradas ni con su partido. Incluso llega a decir que aún sintiéndose comunista su deseo era que ganase Suarez las elecciones de 1977. No volvió a tener contacto con Ignacio Gallego o Manuel Fernández Cortinas o con Santiago Carrillo y no explica las razones.

    Por entresacar dos aspectos de interés, en mi opinión serían estos. El primero, la narración de la sublevación comunista en Marzo de 1939 que, como ha señalado Bremaneur, es una aportación meritoria a la explicación de este aspecto de la guerra civil. De acuerdo a 'Moncho' fueron él, Fernández Cortinas y Conesa los que originaron la sublevación. Las páginas dedicadas a este episodio son notables y de gran riqueza para los historiadores. A propósito de Fernández Cortinas, éste fue el auténtico responsable de la masacre de los trenes de Jaen en el Pozo de Tio Raimundo (apeadero de Santa Catalina). ¿Por qué Moncho no dice ni una palabra de esto? Pudiera ser porque desconocía tal autoría, pero es dudoso si se tienen en cuenta las 'formas' de su 'jefe' Fernández Cortinas.

    El segundo aspecto de interés es el conjunto de personas que salierond España el día 28 de marzo de 1939, entre ellas Moncho y Fernández Cortinas. El 28 de Marzo, no el 30 ni el 1 de abril. Es decir antes de la capitulación total de Madrid.

    Para mi gusto, no osbtante, las mejores páginas están en la primera parte del volumen dedicado al retorno de la URSS y como narra los cambios que se habían producido en España y la comparación entre los métodos de trabajo en España, la URSS y Alemania.

    Bremaneur, gracias por traernos estas 'memorias' a esta BF/Carta de Batall y a la hija de Moncho por el esfuerzo y la dedicación puesta para que fueran conocidas.

  3. Miguel Fernández Peinado

    Estimado Sexto Empírico, en estos momentos no he tenido el honor de leer este magnifico documento histórico escrito por Ramón Barros, sin embargo mi padre si, yo lo haré en un futuro inmediato, según mi padre los hechos narrados por Moncho, coinciden con los contados por su padre el mismo Manuel Fernandez Cortinas y sus amigos Parrita y Barrios.

    Quisiera hacer tres apuntes a su comentario y son los siguientes, en primer lugar es sobre la sublevación de Cortinas, entiendo por su escrito que se sublevo pero contra ¿quien?, la única sublevación que me consta fue contra el TRAIDOR de CASADO, debido al silencio del comité del PC en Madrid.

    Segundo, según Dolores Ibarruri en su libro "El unico camino", Cortinas al frente de los CARABINEROS bajo por Serrano hasta la Puerta de Alcala, donde las tropas Franquistas impidieron su avance.

    Mi abuela contó a mi padre que en su huida tuvo que afeitarle la barba en carne viva (debido a la urgencia) , en esos momentos las fuerzas Franquistas llamaron a la puerta y mi abuelo se escapo, saltando una tapia del jardín dirección a Valencia, fue el ultimo contacto físico que tuvo con mi abuela.

    Por ultimo sobre el tren de Jaen, estuve indagando sobre este asunto (leí rumores) y no encuentro nada, si usted me puede facilitar mas información , seria de agradecer.

    ¿Saben si este libro se puede comprar impreso?, también quisiera contactar con Maria Isabel Barros Santos, ¿alguien me puede ayudar?

    Un saludo

  4. Jose Vicente Roselló Santamaria

    Buenas tardes.
    Mi nombre es Jose Vicente Rosello, y también estoy interesado en contactar con Maria Isabel Barros, pues mi tío fue en el mismo barco que su madre cuando salió de Valencia con el barco LEZARDIEUX el 29 de marzo de 1939.

    También estaría agradecido si alguien puede decirme de algún descendiente de los exiliados con mi tío ENRIQUE CLIMENT ESCANDELL, pues junto con sus hijos, estamos intentando recopilar el máximo de información sobre su vida en los años que estuvo fuera.

    Gracias por adelantado a todo aquel que pueda ayudarnos.
    Un saludo desde Valencia

  5. Sergio Campos

    Buenas tardes. Le pasaré su correo a Maribel.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *