¡Eh, tú!

Bien, Roger. Tengo que confesarte que nada más pisar el Estadio Olímpico de Berlín me tomé una cerveza y me pedí un perrito caliente. Y luego cayó otra garimba y antes había comprado una camiseta, un llavero y un juego de insignias. Espero que la camiseta me dure más de un lavado. No estoy convencido de su calidad: el llavero es de plastiquete y tiene la inscripción del copyright en el frontal, debajo de los martillos cruzados (¡a quién se le ocurre!) y las insignias podrían haber estado más trabajadas, Roger, por eso no me fío de la camiseta. La cerveza, en cambio, me supo a gloria, y no te quiero contar la segunda, pero lo mejor fue el perrito caliente. Y pensé: “Roger: espero que el concierto esté, al menos, a la altura del perrito”. Lo estuvo. Quizá mejor, pero casi casi. Todo era espectáculo, al fin y al cabo. Todo capitalismo. Ya sabes: un poquico de engañifa y de gato por liebre. Pero no veo contradicción en que despotriques contra el capitalismo desde un espectáculo capitalista. Eso lo tengo claro. Vivo en un país cuya última dictadura fue desmontada pieza a pieza desde dentro. Así funcionan las cosas.

Por lo demás, yo era de los más jóvenes que había en el estadio. Hay que echarle… La más pequeña parecía una niña de unos diez años, regordeta y agotada, que estaba a mi lado, en el césped, acompañada de sus padres. No sé dónde terminaron, pero dudo que pudiera aguantar todo el chou. En general, la compaña no fue grata. Excepto por un grupo de cubanos que vivían en diversas ciudades de España y que se habían reunido en Berlín para cumplir el sueño de verle a usted. El resto, una banda de altos. Me las vi con uno que chamullaba el español. Cuando me puso la mano en el hombro para calmar mis dicterios quevedescos llegué a decirle como una amante histérica: “no me toques”. Con mucho masticar de eses. Así se batió en retirada y gané. Muros, muros por todas partes. Pero llegué a verte, aunque chiquitín. El espectáculo era grandioso y el estadio cerraba el cielo como un cuadro. Y al final, cuando cayó el muro, surcó el fondo una estrella fugaz. Te lo juro.

Me emocionó mucho ver la fotografía de su padre en la pantalla circular del escenario. Aunque no entendí muy bien qué pintaba, dos o tres fotografías después, una mujer con velo en cuya ficha se describía como “activista”. Sería una víctima, sí. Porque parte del chou es un reconocimiento total a las víctimas del hombre. Pero no me quedó claro si a todas o a casi todas. Hubo un esfuerzo por criticar a árabes y judíos, pero no se consiguió. Sí, de los bombarderos caen cruces, la hoz y el martillo, la media luna, la estrella de David, el símbolo del dólar y, no sé por qué, el logo del MacDonald’s (mal hecho: al volver a casa paré en uno). Pero ya sabes: en el fabuloso cerdo volante sólo había una estrella de David. La media luna no estaba. Sé, desde el Quijote, que siempre hay que estar al lado del débil, pero aquí no tengo claro quién lo es. Las víctimas, seguro. Pero intuyo que, en caso de que esa mujer fuera realmente una activista (es decir: una terrorista), no acabas de distinguir víctimas y verdugos. O todos o ninguno, Roger.

Un inciso: en el descanso (largo) se proyectaron sobre el muro imágenes de víctimas: su padre, Olof Palme, Allende y decenas de -para mí- desconocidos. Entre ellos un español, un joven de San Sebastián. Sólo recuerdo el nombre: José Luis. Fié el apellido a la memoria y no debí. Lo he olvidado y me gustaría saber quién era. Otro snapshot in the family album, claro. Algo te tengo que agradecer especialmente: el homenaje a Jean Charles de Menezes. Each small candle.

Bueno, ya. Que sí, que en Alemania ha causado mucha polémica lo del cerdo. Pero bien que gritaban cuando apareció la niña árabe tras el muro destrozado. Estos siguen dando miedo. Pero a lo que yo iba era a lo otro. La cuestión política es una parte ínfima del disco. The Wall, qiuero decir. Es un disco exhibicionista, una forma artística de rajarse las entrañas y ponerlas sobre el mostrador, por si queremos comprarlas. Aquí arrugarían la nariz si digo que lloré en algunas partes del concierto (me acusarían de sentimentaloide), pero si pusiera un vídeo mío bailando en pelotas me aplaudirían y reirían. “Qué tío”. La intimidad sigue siendo un tabú. Y de ningún modo quiero confundir intimidad con pornografía. Si la intimidad no fuera un tabú, en los libros de memorias leeríamos cosas realmente interesantes: la descripción de un hombre débil. El autor, claro. Ahora, de esas hay pocas. Muy pocas. Pero puteríos y tonterías, a mansalva, eso sí. Y además de la intimidad está la autocompasión. Te perdonarán muchas atrocidades, pero jamás que te compadezcas de ti mismo. Hay que ser fuerte, dicen esas muchachuelas. Es curioso: no he leído nada de las feministas. Es un disco extraordinariamente misógino. La madre no es precisamente un encanto y qué decir de la mujer del profesor. Cuán extraordinario Gerard Scarfe con esos peleles y esas varas, zas, zas, zas. Ella golpeándome a mí y yo a ti, gusano. Así se mueve el mundo. La parte del disco dedicada a tu mujer contiene un par de canciones extraordinarias y duras, Roger, y el vídeo de las flores devorándose es lo mejor que he visto nunca. El amor y la mujer. One of my turns. El amor y la violencia. The skin of a dying man. Un teléfono que comunica y un suspiro. Pero allí, en el estadio, había mujeres y no oí silbido alguno. Quizá rastreando por la red viera algo, pero…

flowers

Fui solo. Tampoco pasa nada. Mi último concierto de esos llamados “multitudinarios” fue, que yo recuerde, el de The Cure en Múnich, hace más de diez años. Accidentado, porque al llegar al pabellón donde se ofrecía descubrí que me había dejado la entrada en casa. Suerte que Múnich es un poblachón y pude ir y volver en poco tiempo. El concierto fue un pestiño, y eso que iba acompañado de una pareja. Quizá por eso. Quiero decir, Sancho Panza, que mejor solo que mal acompañado. Creo que fue esa noche cuando decidí quedarme en su casa (había perdido el último tren) y ellos siguieron la juerga. Al volver creyeron que yo estaba dormido y… en fin, que dormía en una cama alta, elevada en una plataforma sobre unos troncos que chirriaba con cualquier movimiento (digno de verse), y ellos abajo y en mi vida he estado más quieto y para colmo mi ojo izquierdo estaba al ras de un agujero y eso, que lo dicho, que en fin. Que otro día lo cuento.

A ver, que me pierdo. Que si yo he ido a verte es por The Wall, que es a la vez un disco y una historia, y para colmo el mapa de mi propia intimidad. No comparto gran parte de tus obsesiones. Por ejemplo, mi padre sigue vivo y ni siquiera mis abuelos estuvieron en la guerra. Pero no es sólo eso. Has conseguido abrir tu alma: la soledad, la violencia, la sobreprotección… ladrillos en el muro que toda persona se construye. Los ladrillos serán distintos, pero el muro es el mismo en todos. Y fuera de él corretean gentes que nos quieren, y es verdad que nos lo dan todo y luego se vacían y caen al suelo como peleles, porque no es fácil golpear tu corazón contra el muro de algún loco cabrón. Te juzgaste y ordenaste derribar tu muro. El mío va cayendo poco a poco. Este blog, de algún modo, es también un martillo que golpea con la esperanza de hacer añicos aunque sea un ladrillo. El golpeo no es rítmico, pero sí constante. En el suelo hay migajas de escombro. Algo se vislumbra. Poco. Is there anybody out there?

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1 Comentario

  1. Leoparrrrrrrrdo

    Waters siempre ha sido tan buen cantante, bajista y compositor como tirano (con sus colegas, que eso sí, eran unos vagos) y tendencioso (su izquierdismo, afortunadamente antitotalitario, le lleva a ese pueril estado, casi unánime en mi entorno, de "como detesto a Estados Unidos y por ende a su aliada Israel no condeno el terrorismo islamista ni las dictaduras islámicas que machacan a las mujeres").
    Pero no hay que centrarse en ello, sino en su música y espectáculo, que son un diez. "The Wall" son palabras, valientes, sinceras, desnudas y profundas, de las que llegan dentro y te conmueven e identifican para siempre; la música es sencillamente brillante, con mención de honor a la guitarra de David Gilmour en "Comfortably Numb"; y el espectáculo, el más rotundo, desbordante e imaginativo que jamás he visto en escena.
    Cuando quiera o se pueda, incluso podríamos cantar esa bonita colección de coplas juntos. ¡Olé! ¡Viva Rogelio Retretes!

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